Evangelio apc Furgoneta hippie

El mundo que nos rodea tiene sus reglas del juego, sus costumbres y sus valores. Sentirnos integrados en él – sentirnos parte de la sociedad – nos resulta agradable porque nos hace sentirnos arropados además de  proporcionarnos una cierta sensación de seguridad. Y llegar a integrarnos es fácil: tan sólo tenemos que dejarnos llevar.

El problema es que las reglas del juego que tenemos no son justas y las costumbres y valores que se han impuesto en la sociedad dejan mucho que desear: porque invitan al individualismo, a que cada uno vayamos a lo nuestro y a dejar tirados en la cuneta a aquellos a los que las cosas no les han ido demasiado bien.  

La paz entre los pueblos y la paz entre las personas, muchos de nosotros la asimilamos a la ausencia de peleas, a la ausencia de enfrentamientos y a que se respire un ambiente – al menos aparentemente – tranquilo.

Pero la ausencia de enfrentamientos sin más en una sociedad como la nuestra, suele ocultar situaciones injustas, egoísmos y abusos. Está lejos – lejísimos – de la paz que vino a traernos Jesús, está lejos de la verdadera paz:

Jesús vino a invitarnos a vivir desde el amor.  Y para que supiéramos cómo llevarlo a la práctica y hacerlo vida nos dejó una regla de oro que no puede ser más sencilla y más profunda a la vez: Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esta es la Ley y los Profetas (Evangelio Mateo 7, 12). Nos invitó a cuidar de los demás como cuidaríamos de nosotros mismos: nos invitó a hacer de sus alegrías las nuestras y de sus problemas también los nuestros.

Y esa invitación nada tiene que ver con ese individualismo desde el que nuestra sociedad nos invita a vivir: mientras que la sociedad nos llama a mirar para otro lado ante los problemas de los demás, Jesús nos invita a sentirlos como nuestros, a remangarnos y a actuar en consecuencia; anteponiendo sus necesidades y sus intereses a los nuestros incluso cuando su bien implique que nosotros no salgamos bien parados.

A muchos de nosotros nos gusta estar a bien con todos. Pero lo cierto es que buenos y malos estamos mezclados en el mundo y convivimos en todos los órdenes de la vida: familias, trabajos, colegios, universidades, vecinos o amigos; y los malos – que en unos casos serán egoístas, en otros casos serán tiranos, en otros casos serán ambiciosos y en otros casos serán soberbios – tienen en común que no les importa demasiado si con sus decisiones o con sus comportamientos, quienes les rodean salen o no mal parados. ¿Podemos acaso quedarnos de brazos cruzados presenciando cómo pasan por encima de los demás? Por más que nos cuesten los enfrentamientos, muchas veces no tendremos más remedio que buscarlos. Incluso si por ello nos quedamos solos. Peor parado terminó Jesús, que acabó clavado en una Cruz por defender la verdad hasta el final: él sabía perfectamente que se ganaba enemigos poderosos a cada paso que daba, pero no por ello dejó de afear a los fariseos su conducta ni dejó nunca de tener una actitud de acogida hacia aquellos a los que la sociedad había dejado excluidos.

No debemos preocuparnos por no caer bien a todos ni por no llevarnos bien con todos. No hace ninguna falta. Eso sería buscar una paz mal entendida. Debemos defender siempre lo correcto. Sin adornar la realidad. Sin medias verdades. Sin miedo. Sabiendo ir contracorriente. A los que no le guste cómo somos, tendrán que aguantarse.

Es más: si nos miramos a nosotros mismos y caemos en la cuenta de que andamos a bien con todos, más bien deberíamos empezar a preocuparnos… porque no es muy compatible el ir contra corriente y el que todo el mundo nos acepte sin más.

Seremos tentados. ¡Vaya que si seremos tentados! por los placeres del mundo y por tantas personas que amparándose tras una paz mal entendida, la amistad o la familia tratarán de arrastrarnos hacia cosas que, sin ser necesariamente malas, terminarían distrayéndonos mucho de las que de verdad importan.

Pero tenemos que saber decir que no siempre que sea menester aunque nos suponga un disgusto, lo que nos ocurrirá muy especialmente cuando nos lleve a enfrentarnos a personas a las que queremos mucho y que no nos entiendan o no nos quieran entender.

Ese es el sentido de estas durísimas palabras de Jesús:

No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. (Evangelio Mateo 10, 34 – 39).

Jesús no vino a dejar el mundo como estaba y nosotros no debemos hacerlo tampoco.

La imagen es de 1681551 en pixabay

1 comentario

  1. Las últimas semanas «el evangelio de andar por casa» me enseñaba una y otra vez. Este último ha sido impresionante. Gracias por tanto amor y tanta fe.

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