Evangelio apc Ajedrez

Uno de los grandes males de nuestra sociedad es la hipocresía: eso que nos lleva a mostrar a los demás una versión de nosotros mismos que no se corresponde con lo que realmente somos, lo que realmente vivimos o lo que realmente llevamos en el corazón.

Es relativamente fácil que quienes nos rodean lleguen a creerse esa versión de nosotros que les mostramos. Incluso es posible que consigamos hasta engañarnos a nosotros mismos. A quien de ninguna manera podremos engañar jamás es a Dios.  

Jesús advirtió en distintas ocasiones acerca ella:

«Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digáis en la oscuridad será oído a plena luz, y lo que digáis al oído en las recámaras se pregonará desde la azotea». (Evangelio Lucas 12, 1 – 3).

Los fariseos eran quienes se ocupaban de guiar espiritualmente al pueblo judío. Eran personas poderosas y respetadas y gozaban de muy buena posición social. Sentían su superioridad y marcaban claramente la distancia entre ellos y un pueblo al que – entre otras cosas cosas – hacían soportar cargas que ellos no llevaban.

Irrumpe Jesús en la vida de las gentes predicando una doctrina rompedora: la doctrina del amor. Doctrina que vive en primera persona siempre al servicio de los demás, siempre al lado del que sufre y siempre cercano a aquellos que por una u otra razón habían quedado excluidos de la sociedad. Valiente, nunca dejó de afear a los fariseos su hipócrita conducta cuando tuvo ocasión, como en el caso de este pasaje.

Comienza a sumar discípulos, su mensaje empieza a calar y algunos fariseos, viendo peligrar su estatus, deciden matarlo. Y lo matan. Estos fariseos, pese a haber dedicado oficialmente su vida a Dios, lo cierto es que terminaron amando más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.

Han pasado 21 siglos desde entonces y el corazón de muchos de nosotros sigue siendo tan hipócrita como el corazón de los fariseos de entonces.

Estos días estamos leyendo en las noticias a todas horas el gravísimo escándalo de Pensilvania. Y estamos contemplando con dolor cómo, durante años, más de 300 sacerdotes abusaron de más de 1.000 niños y cómo sus abusos fueron conocidos y permitidos por sus superiores, quienes no sólo taparon los hechos sino que también abandonaron a su suerte a sus víctimas.

Inadmisible. Un perfecto antitestimonio de ese Evangelio que tanto abusadores como encubridores predicaban, que sin duda contribuirá directamente al desprestigio y descrédito de la Iglesia y a que muchas personas se alejen del cristianismo y de Dios.

Afortunadamente los hechos han salido a la luz. El papa Francisco ha podido pedir perdón y se ocupará de la atención a las víctimas. Y tiene en su mano el poder para tomar medidas rompedoras no sólo que hagan que un hecho así no pueda repetirse jamás sino que también hagan de la Iglesia ese hogar del que todos querríamos formar parte.

Los hechos podrían no haberse sabido nunca, de tal manera que abusadores y encubridores podrían haber salido «de rositas» aquí en la tierra. De lo que en ningún caso se hubiesen librado es de la justicia divina. Porque Dios los conoce. A todos. Conoce cada hecho, cada acto, conoce a cada depredador, a cada encubridor, a cada víctima, conoce el dolor causado, siente como hecho a Él mismo cada agravio y nos advirtió a través de Jesús de que no mirará para otro lado cuando hagamos daño a sus hijos. Porque Dios nos tiene un amor infinito, pero también es infinitamente justo. Y nos medirá a cada uno con la medida con la que nosotros hayamos medido aquí en la tierra.

Podemos aprovechar este singular momento para mirar a nuestro interior y reflexionar sobre cuál es el ejemplo que nosotros estamos dando a los demás:

Tratar de llevar una vida coherente con el cristianismo que decimos profesar es importante por nosotros mismos. Pero si nos reconocemos públicamente como cristianos entre aquellos que nos rodean es doblemente importante; porque es más que posible que algunos de esos que nos rodean (entre los que sin duda se cuentan nuestros hijos) nos estén observando tratando de aprender de nosotros qué es ser cristiano. ¡Y ay de nosotros si con nuestro comportamiento lo que damos es un antitestimonio!

Creo que este es buen momento para reflexionar también sobre qué papel es el que cada uno queremos jugar en esta querida Iglesia nuestra, que sigue sosteniendo el propio Jesús, y que va a quedar tan tocada. Los seglares también formamos parte de ella y es mucho lo que podemos hacer, desde nuestro día a día, para contribuir a que sea ese referente y ese hogar en el que todos querríamos ser acogidos.

La imagen es de klimkin en Pixabay

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