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La hipocresía está muy extendida en nuestra sociedad. Tanto, que todos conocemos ejemplos de personas que buscan aparentar una bondad que realmente no les brota del corazón ni se corresponde con muchas de sus obras, de personas que buscan aparentar tener una posición social que realmente no tienen o de personas que buscan aparentar una felicidad que realmente no viven.   

Según la wikipedia,  la hipocresía viene del deseo de esconder a los demás nuestros motivos reales o sentimientos: no se trata simplemente de inconsistencia entre aquello que se defiende y aquello que se hace sino que implica falsedad, puesto que eso que se quiere aparentar, buscando la propia gloria, está alejado de la realidad.

La hipocresía es algo tan antiguo como el mundo y ya el propio Jesús advertía acerca de esa tendencia que tenemos muchos de nosotros a actuar para ser vistos por los demás, buscando el que nos consideren o el que nos admiren:

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de nuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. (Evangelio Mateo 6, 1 – 4).

Si bien es cierto que el querer aparentar es algo tan antiguo como el mundo, en mi opinión está creciendo mucho en los últimos años. Tanto, que incluso le hemos dado un nombre nuevo, que, aunque aún no está formalmente aceptado ni incluido en nuestro diccionario, lo cierto es que ya ha cuajado en nuestro vocabulario habitual: «postureo«.

Y una de las razones por la que el postureo ha crecido tantísimo es, sin duda, por la fuerza que han cogido las redes sociales. Las redes son algo que nos facilita a todos el estar conectados; no sustituyen ni sustituirán jamás a las relaciones en el mundo real, pero lo cierto es que, bien usadas, son un magnífico canal con el que mantenernos en contacto, por ejemplo, con familiares y amigos que no viven en nuestra misma ciudad.

Sin embargo, en mi opinión personal, tienen algo que resulta perverso: como a todos nos gusta compartir nuestros triunfos y los momentos felices que pasamos y rara vez compartimos en ellas fracasos, miedos o preocupaciones, lo cierto es que terminamos proyectando una imagen bastante poco fiel de lo que somos, de lo que sentimos y de lo que vivimos: facilitan enormemente la hipocresía y el postureo.

A quienes tenemos ya una edad y hemos entrado en el mundo de las redes pasada la madurez, este tema – creo yo – no nos afecta ni mucho ni poco. Sin embargo nuestros adolescentes se frustran enormemente cuando tienen problemas o están agobiados y lo único que ven es que sus «amigos» viven, aparentemente, una vida divertidísima y completamente feliz. Cuando no hay nada más lejos de la realidad, porque esos otros adolescentes «amigos» suyos, en el mundo real tienen todos las mismas crisis, los mismos miedos y las mismas inseguridades que se han tenido siempre en esa etapa de la vida.

Cualquier momento es bueno para que paremos y hagamos una reflexión personal seria, en la que valorar cuánta coherencia hay entre lo que somos, los pasos que vamos dando para tratar de acercarnos a lo que queremos llegar a ser y lo que estamos mostrando o proyectando hacia afuera.

Porque podremos engañar a los demás para ser alabados por ellos, e incluso hasta podremos engañarnos a nosotros mismos. Pero a quien no podremos engañar nunca, nunca, nunca es a Dios, que conoce todo lo que hay tanto en nuestras vidas como en nuestros corazones.

La imagen es de Blogtrepreneur en Flickr

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