Evangelio apc Silencio

Muchos de nosotros somos realmente aficionados a quejarnos por todo: nos quejamos por la cantidad de obligaciones y responsabilidades que tenemos, nos quejamos porque no tenemos tiempo libre, nos quejamos porque la vida no nos va todo lo bien que nos gustaría, nos quejamos porque creemos que no nos valoran, nos quejamos porque nuestros hijos no son suficientemente responsables …

Hay ocasiones en las que las quejas y los reproches son absolutamente necesarios y están bien traídos a la conversación, pero, en mi opinión, habitualmente están de más.   

Y están de más porque esas quejas que a nosotros nos sirven para desahogarnos, son cargas para las personas que nos escuchan, quienes normalmente ya tienen también su buena dosis de preocupaciones. ¿Por qué no contribuir a hacerles la vida más llevadera en lugar de más pesada?

Por otro lado, detrás de los reproches siempre hay un afear al otro su conducta, un echarle en cara lo que no hace como a nosotros nos gustaría o un «perdono pero no olvido». Y, cuando son continuados, no facilitan en absoluto las relaciones basadas en la generosidad y la gratuidad sino más bien todo lo contrario: contribuyen enormemente a consolidar relaciones en las que cada uno vaya a lo suyo.

En relación con este tema recoge el Evangelio una actuación de Jesús que a mí me resulta muy reveladora, y es la siguiente:

Tras esa Última Cena que tuvieron Jesús y sus apóstoles, tan especial, tan íntima, tan llena de confesiones, de demostraciones de cariño y de consejos, lo cierto es que los apóstoles se portaron peor que mal con su Maestro: Judas lo traicionó y todos los demás huyeron, cobardes, en cuanto le apresaron. Pedro después le negó hasta tres veces, y todos excepto uno lo dejaron solo en los que a buen seguro fueron los peores momentos de su vida: tan solo Juan estuvo a su lado, firme, Junto a María, al pie de la Cruz.

Jesús tuvo que sentirse, necesariamente, traicionado y abandonado por sus más íntimos. Sin embargo, cuando volvió a verlos tras la resurrección, no pronunció ni una queja acompañando a los dos discípulos que caminaban hacia Emaús, ni un reproche cuando se apareció después a los suyos, ni en esta ocasión:

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». (Evangelio Juan 20, 19 – 23).

¡Ni una sola queja, ni un solo reproche!. ¿Cómo es posible?

¿Qué pasó por el corazón de Jesús? ¿Se puso en la piel de sus apóstoles y comprendió cuantísimo miedo habían sentido hacia esos romanos que castigaban sin piedad a sus enemigos? ¿Tuvo presente que esos mismos apóstoles que  le dejaron solo antes habían dejado todo por seguirle? … la verdad es que eso tan solo podemos intuirlo. Lo que sí que sabemos con seguridad es que sentía hacia ellos un amor incondicional: y a quien se quiere mucho, también se le perdona mucho.

En cuando les ve les desea la Paz. Y en esta ocasión les regala el Espíritu Santo para que puedan salir a misionar y continuar con la labor que él empezó, llevando el cristianismo al mundo entero.

¡Qué nueva lección para los apóstoles y qué nueva lección también para nosotros!

¿Cuántos de nosotros somos capaces de perdonar así, sin rencor y sin reproches las ofensas hechas?, ¿cuántos de nosotros somos capaces de ponernos en la piel del otro para tratar de comprenderlo? y, sobre todo, ¿cuántos de nosotros somos capaces de amar tanto como para perdonar tanto?

La imagen es de Alberto Ortiz en Flickr

7 comentarios

  1. Truco para cuando queremos desterrar el reproche y somos incapaces de perdonar y olvidar «pon al hacedor de la ofensa y/o reproche en la balda más alta de tu librería y pídele a Dios que se ocupe de este asunto». Dios jamás nos falla, y casi sin darnos cuenta ni querer, el hacedor de la ofensa o reproche regresa a tu vida para plenificarla.

  2. Marta, todas las semanas desde el 22 de Enero 2016 nos estas mandando el evangelio de andar por casa. Hoy quiero darte las Gracias. Todas las semanas estamos pendientes de lo que nos dirás. Cada semana me veo reflejada. Que alegría vivir contigo estas experiencias. Estas en mi corazón un abrazo y toda mi ternura Inmaculada

  3. …Cuántos de nosotros podremos perdonar?
    Ninguno.
    Sin la gracia de Dios no podemos.
    Pero inspirados y sostenidos por la Gracia del Señor, todo lo podemos, aleluya!
    Bendito sea el Señor q nos transforma el corazón de piedra en un corazón de carne!!

  4. Quiero dar las gracias a Marta por enviarme consuetudinariamente el Evangelio de Andar por la Casa. Mil gracias. Me ayuda a meditar!

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