La frase que da título a este post no es original mía. La escuché el domingo pasado con motivo de la fiesta del Corpus Christi y me resultó tan inspiradora que la traigo aquí hoy para encabezar la reflexión de esta semana.
Jesús es el buen pastor
Un pastor bueno, que cuida de un precioso rebaño diverso, compuesto por ovejas de distintos rediles, con talentos diferentes y con miradas distintas. Todas imperfectas.
Pese a conocer las miserias que llevamos en el corazón, nos quiere. Nos quiere tanto, que cada una de nosotras es única para él. Y si alguna se pierde, deja al rebaño para ir en busca de su oveja perdida. Porque cada una importa. Porque para cada una tiene un plan.
Si llegase el lobo, ahí estaría él para defendernos con su vida si hiciera falta. Y, porque lo sabemos, podemos sentirnos seguras y profundamente agradecidas por tanto. No podríamos estar mejor cuidadas.
Jesús es también pasto
Vino a este mundo con la misión de traernos la doctrina del amor. Una doctrina que nos invita a que vivamos como hermanos, cuidando unos de otros. Una doctrina que nos invita a vivir también desde un profundo amor a Dios.
Fue una doctrina que aceptaron muy bien quienes eran limpios de corazón. Pero no fue bien recibida por buena parte de los que habían hecho de la enseñanza de la religión su medio de vida y vieron en él una amenaza para su estatus social. Jesús sabía que con su predicación se ganaba enemigos muy poderosos, pero no dejó de predicar aquello que había venido a enseñarnos, puesto que quería cumplir con la voluntad de Dios Padre. Y allá por donde pasaba fue también curando enfermos y expulsando demonios, lo que acreditaba que Dios estaba con él. Mantuvo firme su doctrina hasta el final, sabedor de que le costaría la vida.
Y dió la vida por mantenerla.
Pero antes de irse nos dejó el tesoro de la eucaristía. Un milagro que ocurre cada día y en cada consagración, que nos permite comer su cuerpo y beber su sangre: un alimento para el alma que nos facilita ir siendo cada vez más suyos y que podamos ir -cada vez más- mirando con su mirada tanto a Dios como a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
Jesús, buen pastor, se hizo pasto para ese rebaño suyo, tan diverso, que es su Iglesia.
Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, éste es mi cuerpo». Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios».
Marcos 14, 22 – 25
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