Las personas somos todas diferentes. Somos distintas en nuestro aspecto exterior, tenemos distintas educaciones, distintos hábitos, distintos gustos, distintas ideologías y vinimos a este mundo con distintos genes y distintos talentos.

Somos tan diferentes, que cada uno de nosotros somos únicos.

Muchos de nosotros buscamos relacionarnos en nuestra vida, en la medida en la que nos es posible escoger, con aquellos a los que consideramos nuestros pares: personas que tienen una educación similar y una ideología parecida. Con nuestros pares podemos expresarnos con libertad, nos sentimos cómodos y apenas discutimos. Pero debemos tener cuidado, porque si la mayor parte de nuestras relaciones las mantenemos con personas muy afines, iremos viviendo cada vez más polarizados, perderemos la perspectiva e iremos teniendo cada vez más dificultad para entender a quienes tienen distinta mirada.

Quienes nos decimos cristianos estamos llamados a mezclarnos con todos. Estamos llamados a acercarnos al otro tratando de comprenderlo y tratando también de entender sus porqués y lo que lleva en el corazón. Sea quien sea. Sea afin o no lo sea. Sabiendo ver sus limitaciones, sus errores y sus áreas de mejora, pero también sabiendo apreciar sus virtudes, sus talentos y sus activos. Sin pretender cambiar su mirada

¿Cuándo aprenderemos a querer a las personas tal y como de verdad son? ¿Cuándo dejaremos de querer cambiar al otro para que se acerque a lo que a nosotros nos gustaría que fuera? ¿Cuándo aprenderemos a no esperar más de lo que nos pueden dar? ¿Cuándo aprenderemos a entender que cada persona tiene su propio camino que recorrer y que el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros es diferente?

Todos nosotros somos también únicos para Dios. Ese Dios que nos conoce mejor incluso de lo que nos conocemos nosotros mismos. Ese Padre que nos quiere tal y como somos; con nuestras virtudes y nuestros defectos, con nuestro pasado, con nuestras heridas, con nuestros aprendizajes y nuestras mochilas. No nos quiere Dios por nuestros méritos (felizmente). Dios nos quiere porque Él es el Amor. Y sabe mantenerse ahí, en la retaguardia, soñando con que escojamos vivir desde el amor y con que optemos por convertirnos en nuestra mejor versión. Como aquel padre que cada día esperaba que apareciera, allá a lo lejos, aquel hijo pródigo que le había abandonado tiempo atrás.

«Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (Evangelio Lucas 15, 20)

En esta querida Iglesia nuestra, que conformamos todos los que queremos hacer vida el Evangelio, todos tenemos cabida. Todos, todos, todos, como bien decía el papa Francisco. La diversidad enriquece a la Iglesia y a quienes la conformamos. La diversidad engrandece a la Iglesia, la hace universal, la ayuda a alcanzar logros que nunca conseguiría con una mirada única y hace posible que todos la sintamos casa. Abracémosla como el tesoro que es.

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