El pasado lunes el papa Francisco nos dejó para hacer su último viaje: el viaje a la Casa del Padre.

Yo, personalmente, no siento pena por él. Ninguna pena. Creo sinceramente que ahora está disfutando del regalazo que se merece después de toda una vida entregada a Dios y a todos nosotros.

La pena -y también, por qué no decirlo, el vértigo- la siento más bien por nosotros, que nos quedamos en este querido mundo nuestro que está tan sumamente revuelto, sin un referente y un pilar que nos ha dado luz y estabilidad todos estos años.

A muchos de nosotros la marcha de Francisco nos deja, en cierto sentido, huérfanos. Pero su marcha nos deja, sobre todo, un profundo sentimento de agradecimiento:

Nos deja un profundo sentimiento de agradecimiento por la generosidad con la que ha vivido hasta el final. Dejándose la vida a jirones por Dios, por todos nosotros y por nuestra casa común. Viajando a los márgenes hasta que sus fuerzas y su salud han dejado de permitírselo.

Nos deja un profundo sentimiento de agradecimiento por la valentía que ha demostrado en tantas ocasiones, en las que no ha tenido que ser nada fácil para él cambiar hábitos arraigados o destapar asuntos comprometidos.

Nos deja un profundo sentimiento de agradecimiento por la forma en la que ha acercado la Iglesia a los más vulnerables, a los pobres, a los heridos. Ha hecho muy visible al mundo entero -también a los no católicos- cuál es la raiz y la razón de ser de la Iglesia. Ha hecho visible, desde lo concreto, a Jesús y al Evangelio.

Nos deja un profundo sentimiento de agradecimiento por haber conectado de una manera tan extraordinaria con nuestros jóvenes. Esos jóvenes a los que tanto nos cuenta llegar a quienes ya peinamos canas pero que son el presente y el futuro de nuestra Iglesia. ¡Con qué estilo tan arrollador los ha conquistado Francisco invitándolos a dar testimonio, a vivir desde el compromiso y a hacer lío!

Nos deja un profundo sentimiento de agradecimiento por haber querido hacer de la Iglesia un lugar en el que todos tengamos cabida. Francisco ha conseguido algunos logros que hubieran sido impensables hace tan solo unos años. ¡Lástima no haberlo tenido unos años más entre nosotros! Ojalá, más pronto que tarde, llegue el día en el que en la Iglesia quepamos todos los que queremos hacer vida el Evangelio. Ojalá la Iglesia llegue a ser esa casa de Betania que todos sintamos como un hogar que siempre nos estará esperando. Ojalá llegue a cumplirse el deseo de este argentino que soñaba una Iglesia en la que de verdad quepamos todos, todos, todos.

Nos deja un profundo sentimiento de agradecimiento por habernos hecho ver que la santidad no es algo reservado a unos pocos hombres y mujeres que han tenido y tienen cualidades extraordinarias. Francisco nos ha enseñado que, desde la sencillez de una vida corriente, todos nosotros estamos llamados a ser esos santos de la puerta de al lado: basta con que vivamos la vida cotidiana desde el amor.

Nos deja un profundo sentiemiento de agradecimiento por habernos enseñado, con su vida, a poner los talentos que cada uno tenemos al servicio de quienes nos rodean desde la sencillez, la cercanía, la humildad y la alegría.

Mil gracias, Francisco, por tanto.

2 comentarios

  1. Totalmente de acuerdo. Gracias Marta por lo bien que has recogido todos mis sentimientos/agradecimientos. Ahora rezando por el siguiente Papa

  2. Muchas gracias Marta por lo bien que describes y transmites la vida hecha Evangelio de nuestro querido Papa Francisco.
    Que descanse con el Señor.

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