Vivimos tiempos singulares. A poco que prestemos atención a las conversaciones en redes sociales, en los medios o incluso en reuniones familiares, percibimos una sensación creciente de polarización. Parece que cada vez resulta más difícil encontrarse con quien piensa distinto sin que la conversación termine en enfrentamiento o, al menos, en incomodidad. Y, poco a poco, nos vamos construyendo entornos donde casi todos piensan como nosotros: seguimos a quienes comparten nuestras ideas, leemos a quienes refuerzan nuestras convicciones y nos sentimos más cómodos entre los que consideramos de los nuestros.

Es una mala práctica que, casi sin que nos demos cuenta, nos hace ir alejándonos de quienes piensan diferente. Y en el momento en el que dejamos de escucharlos y dejamos de entender sus porqués, empezamos a mirarlos más como adversarios que como hermanos. Así, la distancia crece y la posibilidad de encuentro se vuelve cada vez más remota.

El Evangelio nos propone otra lógica y otro camino.

En cierta ocasión, Jesús respondió a quienes lo acusaban de expulsar demonios con el poder de Belcebú con una respuesta muy reveladora: “Todo reino dividido contra sí mismo queda devastado”.

La división debilita, rompe, destruye. Jesús señala que el mal actúa precisamente de esa manera: sembrando sospechas, enfrentamientos y fracturas.

Curiosamente, el propio término diablo procede del griego diábolos, que significa literalmente el que divide o el que separa. Describe una dinámica que podemos reconocer fácilmente en la vida cotidiana: allí donde crecen la desconfianza, la caricatura del otro, el desprecio o la incapacidad de escucharnos, algo de esa lógica de división está operando.

Frente a ello, el Evangelio nos invita a vivir según la lógica del amor, siendo instrumentos de unidad. Siempre existirán diferencias entre las personas, pero el amor nos invita a relacionarnos unos con otros sin prejuicios, mirando más allá de ellas, buscando aquello que nos une en lugar de aquello que nos separa.

Porque en esta querida Iglesia nuestra, que conformamos todos los que queremos hacer vida el Evangelio, todos debemos tener cabida. Todos, todos, todos, como decía el papa Francisco. Nuestra Iglesia debe ser, como aquella casa de Betania, un hogar en el que todos podamos sentirnos en casa.

Ser instrumentos de unidad se juega en el tablero de lo cotidiano: en la escucha sincera del otro, en las conversaciones desde el respeto, en el uso de palabras que no descalifican ni avivan el conflicto, en cortar conversaciones ácidas o en las que se critica al que no está, en no empeñarnos en tener siempre la razón o en la voluntad de comprender antes de juzgar.

Porque cada uno de nosotros contribuye, aunque sea modestamente, a inclinar la balanza hacia uno u otro lado. Podemos participar de la dinámica que divide o colaborar con el Cielo en la misión de mantenernos unidos como hermanos que somos.

En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama». Evangelio Lucas 11, 14 – 23

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