Optimismo

El optimismo es esa disposición que tienen algunas personas a ver el lado bueno de las cosas o a esperar desenlaces felices a pesar de las dificultades que se puedan presentar.

Quien tiene esa actitud, en lugar de desesperarse frente a la adversidad, es incluso capaz de identificar en ella oportunidades y desafíos desde los que coger impulso para seguir luchando por cumplir sus sueños.

El optimismo es un valor muy beneficioso para quien lo posee. Porque nos ayuda a identificar retos donde otros ven problemas, porque nos vuelve valientes, porque nos moviliza hacia la búsqueda de soluciones cuando surgen las dificultades y porque facilita que las personas, lejos de los complejos, los remilgos y los miedos, lleguemos a sacar todo nuestro potencial.

También contribuye el optimista a que quienes les rodean saquen lo mejor de sí. Porque cuando miramos a quienes nos rodean con una mirada optimista y ellas sienten que vemos su potencial, contribuimos directamente a que crean en sí mismas, a que crezcan, a que sean mejores, a se superen y a que lleguen a convertirse en su mejor versión.

Los optimistas generan buen clima a su alrededor. Y a todos nos gusta tenerlos cerca. Porque el optimismo es contagioso. Y porque en este querido mundo nuestro que cada día pareciera que gira más deprisa, en el que el estrés se siente permanentemente en el ambiente, los optimistas parece como que contribuyen a limpiar el clima, a quitar tensiones y a sembrar esperanza.

Porque lo cierto es que el optimismo es una disposición del corazón que, en mi opinión personal, está realmente cerca de la Esperanza: ese estado en el que nos encontramos cuando confiamos en que nuestra causa – sea la que sea – se va a terminar resolviendo de manera favorable.

Ese estado de optimismo – esperanza es el que debiéramos tener habitualmente los cristianos. Puesto que esa esperanza nuestra donde se ancla es en la Fe. Y ¿Cómo no vivir con optimismo cuando nos sabemos tan queridísimos por ese Dios que , sobre todo, es Padre, y que además todo lo puede? ¿Cómo no enfrentar las situaciones adversas desde la confianza, sabiendo que el Padre desea lo mejor para nosotros? ¿No nos creemos acaso la promesa que nos hizo Jesús?

Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre

Evangelio Mateo 7, 7 – 8

Son unas palabras no pueden ser más reconfortantes ni más prometedoras: debemos tener siempre la confianza puesta, no en nuestras fuerzas sino en el Padre. Sabedores de que Él siempre tiene la última palabra.

Oí en cierta ocasión decir a una amiga que «un cristiano triste es un triste cristiano». Y lo cierto es que es un comentario que tiene su miga y su fondo. Y su mucho de verdad. Porque el cristiano que de verdad lo es debería tener una clara tendencia al optimismo. Precisamente por lo cercana que está esa disposición del corazón a la Esperanza y a la Fe.

En otro orden de cosas, lo cierto es que el optimismo, además de facilitarnos el ver ese lado bueno que todas las situaciones siempre tienen, nos ayuda mucho a sentirnos agradecidos por lo muchísimo que todos tenemos, nos siembra el deseo de querer que los demás también se sientan bien y hacer lo que esté en nuestra mano para que así sea, nos hace sentirnos felices y nos hace, sin duda, generar felicidad a nuestro alrededor.

La imagen es de JillWellington en pixabay

2 comentarios

  1. Este evangeliodeandarporcasa hace que me pregunte por el carácter de Jesús, del que siempre he pensado que no ha quedado reflejado en los evangelios. ¿Era Jesús una persona extrovertida, simpática, abierta y optimista? Los evangelistas lo presentan siempre con tanto distanciamiento y respeto que nunca reflejan nada sobre su carácter, con excepción del famoso episodio de violencia a las puertas del templo.

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