Evangelio apc Huchas

El dinero se ha convertido en el motor de nuestro mundo. Nos mueve a las personas a título particular, conforma los valores que se han asentado en nuestra sociedad y condiciona buena parte de las decisiones que toman nuestros gobernantes, que entre otras cosas abocan a los países más desfavorecidos a continuar en situaciones de conflicto, corrupción o pobreza.

Hemos llegado hasta el punto de valorar a las personas por lo que tienen. Y mientras más riquezas tienen, o más poder, más admiraciones y más envidias despiertan y más las vemos como triunfadoras en la vida.

Todos necesitamos del dinero para vivir, claro que sí, puesto que todos tenemos necesidades que cubrir. Y habitualmente tenemos que trabajar mucho para poder cubrirlas y salir adelante. El problema se presenta cuando entramos en una rueda en la que todo lo que ganamos nos parece insuficiente porque vamos ansiando cada vez más cosas: cuando damos ese paso y entramos en esa peligrosa rueda terminamos convirtiéndonos en esclavos de un dinero que termina por robarnos el tiempo y el corazón. Por eso tantísimas veces nos advirtió Jesús acerca de la riqueza, hasta el punto de llegar a decir en cierta ocasión que «Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios» (Evangelio Marcos 10, 25).

Afortunadamente, los criterios y el actuar de Dios nada tienen que ver con los criterios y el actuar del mundo.

Jesús nos enseñó que Dios es, sobre todo, Padre. Un Padre que todo lo puede y que nos quiere más de lo que nunca hayamos podido ni imaginar. Como es mucho lo que nos quiere es también mucho lo que nos da. Y eso que nos da gratuitamente es mucho más valioso que cualquier cosa que pueda pagarse con dinero:

Nos regala los talentos que nos acompañan a lo largo de nuestra vida: capacidades, dones y circunstancias que nos identifican, que nos distinguen a unos de otros y que hacen que cada uno de nosotros seamos únicos.

Nos regala su paz, ese estado del alma que alcanzamos cuando actuamos desde la buena  intención y la buena disposición, tratando de llevar una vida coherente con los valores y la fe que decimos profesar.

Nos regala sus soluciones. ¿Cuándo nos creeremos – creeremos de verdad – la promesa «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre». (Evangelio Mateo 7, 7 – 8)?. Si bien es cierto que Dios no siempre nos concede aquello que le pedimos tal y como se lo hemos solicitado, de lo que sí que podemos estar completamente seguros es de que siempre nos escucha y de que siempre nos da aquello que más nos conviene en el momento más oportuno.

Nos regala su consuelo en el dolor. A lo largo de la vida pasamos etapas en las que todo va bien y también atravesamos etapas complicadas: esas etapas en las que parece que no podemos más porque nos atosigan los agobios, las preocupaciones o el dolor. Acude uno a Dios en ellas, como quien se cobija en un refugio al ser sorprendido por una tormenta, y siempre encuentra consuelo, siempre encuentra calor y siempre sale con fuerzas renovadas para volver a salir ahí afuera a enfrentar unos problemas que, como por arte de magia, ya no parecen tan tremendos.

Nos regala esperanza. Ese estado en el que nos encontramos cuando vivimos confiados en que nuestra causa – sea la que sea – se va a terminar resolviendo de manera favorable; esa suerte de emoción que nos recorre por dentro y que nos adelanta que el final será feliz.

Nos regala su perdón. Por mucho que nos hayamos podido equivocar, por mucho que nos hayan vencido las tentaciones, por mucho que nos hayamos dejado enredar por los placeres del mundo, por mucho que hayamos pecado, por mucho que a veces sintamos que no somos dignos de su perdón, siempre, siempre, siempre estamos a tiempo de arrepentirnos y volver a Casa. Allí encontraremos a Dios esperándonos, deseoso de abrazarnos, deseoso de perdonarnos y deseoso de poner el contador a cero.

Y, eso sí, nos pide que todo eso que nosotros recibimos gratis, lo demos también a aquellos que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida sin esperar nada a cambio:

«Gratis habéis recibido, dad gratis» (Evangelio Mateo 10, 8).

Toda una invitación a ir contra corriente en este mundo tan interesado en el que nos ha tocado vivir. Nos pide que, asemejándonos cada vez más a Él, vayamos viviendo cada día más para los demás, con esa clara disposición del corazón a escuchar, a comprender, a dar, a consolar, a contagiar esperanza y, por supuesto, a perdonar.

La imagen es de QuinceMedia en pixabay

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