Evangelio apc - Monedas

Comentábamos hace unas semanas hablando de la parábola de los talentos cómo a los hombres nos dota Dios con distintas capacidades, dones y circunstancias. Y cómo Jesús nos invita a que esos talentos – cada uno los que tenga y que en unos casos serán cinco, en otros dos y otros uno – los pongamos al servicio de los demás.

La riqueza es una de esas circunstancias. Una circunstancia que en sí misma no es ni buena ni mala: lo que es bueno o malo es el corazón de quien la posee.

Un rico de buen corazón, gracias a su riqueza, puede pasar por la vida remediando muchos problemas y estrecheces.

Siendo esto así, ¿por qué entonces Jesús previene tantas veces sobre la riqueza en el Evangelio?   

En mi opinión, Jesús nos previene acerca de las riquezas principalmente por dos razones:

En primer lugar, porque cuando poseemos riquezas, es fácil que pongamos nuestra confianza en ellas en lugar de hacerlo en Dios:

Hay circunstancias en la vida que, si bien ninguno queremos para nosotros mismos, lo cierto es que cuando se presentan, en muchos casos, acercan a Dios. Posiblemente muchos de nosotros hemos experimentado cómo, durante las épocas difíciles que hayamos podido pasar – soledades, incertidumbres, enfermedades, … – nos hemos sentido impotentes y nos hemos puesto en manos de Dios. Y de esas circunstancias adversas, resueltas o no finalmente como nosotros hubiésemos querido, hemos salido fortalecidos en la Fe.

El dolor, el llanto y la pobreza material son muchas veces esas circunstancias que, atravesadas con un corazón bueno, acercan a Dios (si bien es cierto que no siempre ocurre así).

En el lado contrario está la riqueza. Que es muy fácil que aleje de Dios. Porque con el dinero se consiguen muchísimas cosas aquí en la tierra: con el dinero, más allá de lujos y caprichos, se consiguen relaciones, influencias y poder. Y, como con él se experimenta esa sensación de estar «protegido», teniendo riqueza es realmente fácil poner nuestra confianza en ella en lugar de poner nuestra confianza en Dios. Lo cual es una absoluta necedad, porque Dios es Señor también de la riqueza e incluso de nuestra propia vida.

«Mirad, guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: «¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha». Y se dijo: «Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: Alma mía, tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe banquetea alegremente». Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?».  Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Evangelio Lucas 12, 15 – 21).

Jesús también nos previene sobre las riquezas porque es fácil que nos terminen esclavizando:

A esta seguridad que da la riqueza se suma que, habitualmente, el dinero esclaviza: requiere de mucho trabajo y mucha atención el mantenerlo y hacerlo crecer. Tanto, tanto, tanto, que en muchas ocasiones el rico deja de ver las necesidades que tiene alrededor. Y se le endurece el alma y el corazón. Se convierte el dinero entonces en un ídolo al que se sirve y que consume la vida entera. Y quien vive para el dinero, ya no vive ni para sus prójimos ni para Dios.

«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Evangelio Mateo 6, 24).

La invitación de Jesús a no atesorar para nosotros mismos y a no vivir para la riqueza – a no poner nuestro corazón en las riquezas – es clara:

«No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón«(Evangelio Mateo 6, 19 – 21).

La imagen es de pixabay

1 comentario

  1. Parece que Jesucristo se refiere siempre a la riqueza individual, cuando, al menos hoy día, el verdadero problema radica en que el dinero es el motor del mundo.

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