Uno de los consejos que dió Jesús a sus apóstoles durante esa Última Cena que disfrutaron juntos fue que permaneciesen en su amor. Fue un consejo al que Jesús dió importancia, porque insistió en él una y otra vez. Y fue un consejo que quedó recogido en el Evangelio para que llegase hoy hasta nosotros, que vivimos en este mundo siglos después, porque hoy es igualmente valioso: Permaneced en Mi amor.
En este querido mundo nuestro hay muchas personas buenas que no son oficialmente cristianas, ni de Iglesia, que no son personas ni de misas ni de sacramentos. Pero son personas de buen corazón, que tratan de pasar por la vida cuidando de quienes que van pasando a su lado en los distintos ámbitos que se van moviendo. Son también sal de la tierra, que ciertamente transforman los entornos en los que viven o en los que trabajan.
Son personas queridas desde el Cielo, a las que Jesús considera de los suyos. Podríamos incluso decir que son cristianos sin saberlo. Y el día en el que superen con buena nota su Juicio Final se encontrarán con la sorpresa de un Paraíso con el que no contaban.
Pero, como en la vida se alternan las etapas tranquilas con las de dificultades y todos atravesamos rachas de esas en las que parece que los problemas y las preocupaciones se nos amontonan por todas partes, estas personas tendrán etapas en las que se sentirán desfallecer. Y desfallecerán. Porque no cuentan con el pilar de la Fe.
Quienes tenemos Fe, por el contrario, contamos con ese pilar al que podemos anclar nuestra vida. Un pilar en el que podemos apoyarnos hasta para las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Un pilar que se hace insustituíble en las etapas de dificultades, en las que nos sentimos literalmente sostenidos por ese Dios que es, sobre todo, Padre. Es en ellas cuando, con facilidad, tomamos conciencia de nuestra pequeñez y de su grandeza, de nuestra debilidad y de su fortaleza. Y deseamos seguir siendo niños para siempre, cuidados y guiados desde el Cielo hasta el fin de nuestros días aquí en la tierra.
Y es así como estamos llamados a ir siempre por la vida. Dejando que sea Dios quien conduzca los pasos que vamos dando en la vida y dirigiendo las decisiones que vamos tomando. Dejando que sea Dios quien ocupe el asiento del piloto. Haciendo equipo con Él. En las etapas en las cosas nos van mal y también en esas en las que parece que la vida nos sonríe y todo nos va bien.
Porque poco podemos si contamos tan solo con nuestra buena disposición, nuestra fuerza de voluntad y nuestros recursos. Y todo lo podemos de la mano de Dios.
En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.
Evangelio Juan 15, 1 – 4
La imagen es de Hans en pixabay
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