Que el cristianismo no está de moda es algo por todos conocido. Si bien hace tan solo 50 ó 70 años en nuestra sociedad -la sociedad española- lo más común era ser católico, lo cierto es que a día de hoy eso ya no es así y cada vez son menos las personas que van a misa, las parejas que se casan por la iglesia, las que deciden bautizar a sus hijos o las que los educan en la fe.

La sociedad está cambiando deprisa y, más allá de la fe que las personas podamos profesar, están cambiando nuestros valores. Y se han hecho fuertes entre nosotros un individualismo y un egoísmo atroces, que nos invitan a dejar en la cuneta a aquellos que no han tenido oportunidades o a aquellos que no han sabido aprovecharlas o han cometido errores.

También ha cambiado la mirada de nuestra sociedad hacia la familia, que es el pilar en el que hasta ahora estaba bien asentada.

Y parte de la responsabilidad de que la sociedad esté evolucionando en la dirección equivocada es de quienes nos decimos cristianos:

Porque son muchas las veces en las que pecamos de inacción envolviendo nuestra cobardía en la bandera de la prudencia. ¿Cómo es posible que no hagamos nada cuando vemos cómo avanza a paso firme la cultura del descarte y cómo desde nuestros gobiernos se pisotea de esta manera el derecho a la vida de los no nacidos o se promueve la eutanasia como alternativa a los cuidados paliativos? Nuestra obligación es, cuanto menos, alzar la voz y hacer ruido.

Porque nos decimos cristianos pero no nos interesamos en conocer con profundidad el Evangelio. Y nos falta criterio y argumentos cuando determinados temas salen en nuestras conversaciones, muchas veces traídos de manera tremendamente venenosa.

Porque muchos de nosotros permanecemos callados cuando vemos que las personas que pasan a nuestro lado en el camino de la vida toman decisiones equivocadas. Y, con la magnífica excusa del respeto, los dejamos abandonados a su suerte sabiendo que se van a estrellar. ¿Cuándo entenderemos que todos somos corresponsables unos de otros? También de la vida espiritual de los otros.

Porque nos falta mucha coherencia entre lo que hacemos y la fe que decimos profesar. Y nuestro estilo de vida está lejos del que nos propuso Jesús: vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario, 24 horas al día y 7 días a la semana. Así de simple. Y así de complicado, viviendo en este mundo que nos arrastra en sentido contrario.

Ser cristiano es mucho más que ir a misa los domingos. Ser cristiano obliga a vivir desde el compromiso, desde el servicio y desde la Fe. Y es importantísimo que quienes nos reconocemos cristianos ante los demás no demos con nuestra vida un antitestimonio que haga que quienes nos conozcan no quieran ser como nosotros ni acercarse al Evangelio.

Tenemos una importante responsabilidad -como parte de esta querida Iglesia nuestra a la que pertenecemos- en la extensión del Evangelio y de sus valores.

La imagen es de sweetlouise en pixabay

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