La prudencia es una virtud a la que todos los cristianos deberíamos aspirar. Porque contribuye mucho -muchísimo- a que podamos hacer realidad en nosotros el estilo de vida que Jesús nos propuso, que no es otro que el de vivir para los demás. Desde las cosas sencillas. Desde nuestro día a día.
¿Por qué la prudencia nos ayuda a hacer del amor nuestro estilo de vida?
Porque la persona prudente sabe actuar desde el respeto a los demás. Desde el respeto a sus sentimientos, desde el respeto a su espacio y desde el respeto a su libertad. Siendo muy consciente de que ella no tiene por qué tener siempre la razón. Y sabiendo comprender que el otro tiene su propia forma de pensar, su forma de ver la vida y que tiene derecho a equivocarse con sus propias decisiones.
Porque la persona prudente busca la justicia. Sin mirar para otro lado cuando las cosas se ponen feas.
Porque la persona prudente sabe actuar con cautela. Sabe medir sus fuerzas, calcula también sus posibilidades, sabe esperar el momento o las circunstancias más convenientes para intervenir y trata de medir las consecuencias que pueden provocar sus acciones, más allá de las que resultan evidentes.
Porque la persona prudente sabe ocupar el sitio que le corresponde. Como María, que sabiéndose la madre de Dios, siempre supo apoyar a los apóstoles y ser un pilar para ellos desde la retaguardia, sin buscar ningún tipo de protagonismo, tampoco tras la muerte y resurrección de su Hijo.
Porque la persona prudente sabe valorar lo que tiene. Y se fija preferentemente en aquello que sí que tiene en lugar de tener la mirada y el corazón puesto en aquello que le falta. Y da su justo valor a los talentos que le han sido regalados desde el Cielo y también, si es el caso, a la salud, a la familia, a los amigos o a tener un trabajo.
Porque la persona prudente vive desde la sensatez. Sin estridencias, sin fuegos artificiales, sin cometer excesos. Sabiendo ser luz para quienes le rodean, pero entendiendo, también cuándo no conviene «echar perlas a a los cerdos, para que no las pisoteen»
Por todo ello la prudencia es una virtud a la que sin duda deberíamos aspirar. Eso sí: es importante que busquemos ser prudentes sin engañarnos a nosotros mismos y sin pasar nunca la frontera que separa prudencia y cobardía. Esa cobardía mediocre que siempre nos llamará a tratar de evitar exponernos a situaciones en las que podamos quedar en una posición delicada o, incluso, desfavorable.
La prudencia, creo yo, debemos sentirla más bien como una llamada del Espíritu a moderarnos, aún cuando querríamos salir, valientes, al ruedo. Al ruedo de cambiar el mundo ya mismo.
Siendo la prudencia una preciosísima virtud, es muy bueno que en nosotros vaya siempre de la mano de la generosidad y de la valentía.
La imagen es de knerri61 en pixabay
Muy interesante el final. Cualquier virtud sola y aislada se queda pobre y raquítica. Las virtudes, como las uvas, tienen que darse en racimo. Así se refuerzan mutuamente y alcanzan su verdadero valor.