Muchos de nosotros tenemos la mala costumbre de compararnos con las personas que nos rodean. Cuando lo hacemos, es fácil que nos quede un regusto amargo si comprobamos que a otros – al menos aparentemente – la vida les sonríe más que a nosotros, o profesionalmente les va mejor, o son más populares, o son más inteligentes, o son más buenos, o son más guapos, o tienen mejores casas, mejores coches, mejores posiciones, o tienen más don de gentes, etc.

Ese regusto, que tantas veces se traduce en insatisfacción personal, tiene importantes consecuencias:

¿No nos enseñó Jesús que en el orden del Cielo los hombres son más grandes cuanto más aman y que los que más aman son los que más sirven? Si vivimos mirando lo que nos falta para llegar a los primeros puestos de aquí de la tierra lo cierto es que estaremos bien lejos de su propuesta; estaremos bien lejos de vivir la vida desde el amor y estaremos bien lejos de vivir experimentando la verdadera felicidad.

En ocasiones, además, esa insatisfacción que nos genera el andar mirando lo que nosotros no tenemos y que sí que tienen otras personas nos hace sentir una envidia que nos degrada como personas, nos hace peores.

Por otro lado, las personas insatisfechas generamos infelicidad a nuestro alrededor. Porque a los demás solo podemos darles lo que llevamos en el corazón. Y cuando lo tenemos lleno de resentimientos, insatisfacciones o «malos rollos», eso es lo que repartimos.

Con el agravante de que «los malos rollos» son terriblemente contagiosos. ¿Acaso no conocemos todos personas que por alguna extraña razón parece como que nos chupan la energía y que tras un tiempo con ellas nos sentimos peor? Estas personas, en entornos pequeños – una familia, un convento o una oficina – resultan demoledoras; y acaban minando a los que tienen a su alrededor igual que una manzana podrida termina estropeando la fruta de todo el frutero.

De la misma manera, hay personas que son focos de luz. Personas de esas que todos queremos tener cerca porque cuidan de nosotros y del resto. Son personas que es evidente que están a gusto consigo mismas, con su vida, son personas que viven agradecidas a pesar de las dificultades que tengan – que todos tenemos las nuestras – y lo proyectan hacia afuera.

¿No será más sensato – mucho más sensato – que en lugar de estar siempre con la mirada y el corazón puestos en aquello que nos falta nos fijemos preferentemente en aquello que sí que tenemos? ¿acaso no estamos todos dotados – sí, todos – de los talentos que nos facilitan el poder cumplir con ese plan que Dios tiene para cada uno de nosotros?

¿Por qué no apreciar en su justa medida lo que tenemos? ¿de verdad necesitamos perderlo – la salud, la familia, los amigos, el trabajo, nuestros talentos, qué se yo – para valorarlo?

¿No tenemos razones acaso para sentirnos afortunados?, ¿no tenemos acaso motivos para sentirnos agradecidos ?, ¿no deberíamos de estar disfrutando intensamente de lo que Dios ha puesto a nuestra disposición?, ¿no deberíamos tratar de compartirlo?

Si nos acostumbramos a mirar, así como hábito, lo que sí que tenemos en lugar de aquello que nos falta nos sentiremos profundamente agradecidos, viviremos mucho más felices y haremos mucho más felices a los que nos rodean.

Es una cuestión de actitud que, ciertamente, marca la diferencia.

La imagen es de cocoparisienne en pixabay

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