Evangelio apc Melones

Dice un refrán español «Obras son amores que no buenas razones». Sabiduría popular que explica que cuando se quiere a una persona es necesario demostrárselo a través de las obras; porque son los actos los que demuestran si las palabras – en este caso palabras de amor – son ciertas o si, por el contrario, no lo son.  

Hace 21 siglos Jesús, buen conocedor de la naturaleza humana, ya advertía sobre la importancia de la coherencia entre palabras y obras:

Dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis.» (Evangelio Mateo 7, 15 – 20).

En esta ocasión alertaba Jesús a las gentes que le escuchaban acerca de la hipocresía de muchos de aquellos que pretendían guiarles espiritualmente. Para que pudieran identificar cuáles de ellos eran personas de fiar y cuáles no eran personas confiables, les da una «receta» que no les fallaría: «por sus frutos – sus obras – los conoceréis»: aquellos predicadores cuyas palabras y acciones destilasen generosidad, entrega, respeto y cariño hacia los demás eran personas de fiar; y los que, por el contrario, fueran de palabras y acciones que destilasen rencores, egoísmos, avaricias o soberbias no eran confiables.

Esa «receta» que les da Jesús para saber en quién confiar lo cierto es que resulta enormemente útil en cualquier circunstancia, tanto para ellos entonces como para nosotros hoy.

Al hilo de este tema recuerdo bien un consejo que recibí en su día del P. Ayúcar SJ que os comparto; tenía yo unos 21 años – plena etapa del «liguoteo» – y él tan sólo me dijo: «antes de decidir si comprometerte con una persona fíjate bien en cómo esa persona se porta con los demás; no contigo – que contigo estará haciendo méritos – sino con las personas de las que no quiere obtener nada a cambio. Y fíjate muy bien, porque así es como de verdad es y será así como, con el paso del tiempo, se portará también contigo». Creo que ha sido uno de los mejores consejos que he recibido en la vida. Me sirvió en aquel momento para acertar con el novio que escogí y me ha servido después otras muchas veces en la vida.

Lo cierto es que el consejo no hace más que aterrizar, a un caso muy concreto, las palabras de Jesús: «por sus frutos los conoceréis».

Esta «receta» de Jesús tan sumamente práctica – creo que es por eso por lo que me gusta tanto – además de para hacer valoraciones de otras personas, lo cierto es que nos sirve también para ayudarnos a hacer balance personal, porque a nosotros mismos también podemos valorarnos por los frutos que damos: ¿cómo de confiables resultamos? ¿cuánta afinidad hay entre nuestras palabras y nuestras obras? ¿es coherente la imagen que nos cuidamos de proyectar con lo que de verdad sentimos y lo que de verdad somos? ¿qué es lo que realmente nos mueve? ¿cuánta correspondencia hay entre la confianza que demostramos tener en el Padre y la Fe que decimos profesar? ¿ponemos de verdad la Fe en las pequeñas dificultades del día a día o más bien confiamos fundamentalmente en nuestras capacidades y en nuestras fuerzas?

Muchas veces no resulta fácil mirar hacia adentro y reconocernos a nosotros mismos nuestros desaciertos. La buena noticia es que, mientras estemos en este mundo, siempre estaremos a tiempo de pedir perdón a Dios si fuera el caso, siempre estaremos a tiempo de volver a Casa y siempre estaremos a tiempo de reconducir nuestros hábitos, nuestra actitud y nuestra disposición hacia los demás.

La imagen es de cocoparisienne en pixabay

1 comentario

  1. En tus reflexiones prevalece demasiado la moral. Es necesario ciertamente q la fe vaya acompañada y dé frutos de buenas obras. Pero muchas veces tus reflexiones presentan un amor al prójimo sin fundamento cristiano, sin el fundamento de la experiencia de fe, sin raíces en Cristo, sin q el cristiano permanezca arraigado en Cristo. Y esto es un fallo. Por eso el amor al prójimo se hace tan pesado, tan frágil, tan inconsistente. Un amor al prójimo encomendado al simple voluntarismo, a la fuerza de voluntad, al propósito de enmienda, q no nace del amor a Diospadre, no se sostiene por mucho tiempo. La experiencia lo demuestra. Y, si se sostiene, suele producir personalidades rígidas, duras, intolerantes y, a veces, con un talante tristón y avinagrado. Porque en ellas prevalece la obligación sobre la experiencia del amor a Diospadre. El amor al prójimo sólo es liberador cuando es resultado de la experiencia de fe, de saber q TODO ES GRACIA.

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