Este curso ha sido complicado para el mundo entero. Hemos visto como la pandemia ha segado vidas, se ha llevado por delante numerosos puestos de trabajo y ha cambiado la forma en la que vivimos, la forma en la que nos relacionamos, la forma en la que nos miramos unos a otros, la forma en la que estudiamos y la forma en la que trabajamos. La pandemia también nos ha forzado a convivir con la incertidumbre y nos ha obligado a improvisar continuamente en todos los órdenes de nuestra vida. Y nosotros, resilientes, nos hemos organizado como hemos podido para salir adelante en este nuevo contexto y poder llegar a todo.

Ahora, por fin, llega el momento en el que muchos de nosotros podemos tomarnos unos días de vacaciones.

En estos días a buena parte de nosotros nos gusta, si podemos, salir unos días del sitio en el que residimos habitualmente, pero lo cierto es que eso no es algo imprescindible. Para descansar, creo yo, lo único que hace falta es dormir bien unos cuantos días seguidos, tratando de desconectar de esas preocupaciones que han llenado nuestros días y en ocasiones también nuestras noches. Y disfrutar de tener, por fin, tiempo para pasarlo con los nuestros. Y disfrutar de tener, por fin, tiempo que dedicar a nuestros hobbies. Y disfrutar de tener, por fin, tiempo para estar con Dios, quien tantas veces es el gran olvidado en nuestra vida.

Es momento de descansar, reponernos y recuperar fuerzas para enfrentarnos a lo que después de estos días se nos ponga por delante.

Porque la vida «de verdad» no es la de las vacaciones, sino la otra; la que ocupa once meses del año. Y en ella tenemos que aprender a disfrutar también y tenemos que aprender a ser felices. Felices desde nuestros quehaceres diarios, felices desde nuestro estudio o nuestro trabajo. Felices desde el servicio a los otros. Felices con el compromiso.

Es mucho lo que hay que hacer en este querido mundo nuestro que está tan estropeado. Y no podemos quedarnos mirando, como espectadores, desde nuestra ventana, cómo lo hacen otros. «La mies es mucha, los obreros pocos» y en nuestra vida no deben tener cabida la pereza, ni el miedo ni la mediocridad. Ninguno de ellos son posibles entre quienes se sienten, de verdad, hijos de Dios.

A nuestra vuelta de estos días de descanso nos encontraremos con una nueva oportunidad para salir ahí afuera y trabajar. Trabajar mucho. Desde lo grande y también desde esas pequeñas grades cosas que constituyen nuestro día a día y desde las que también podemos y debemos marcar la diferencia.

Por ahora, toca descansar.

Dios está con nosotros, siempre.

En aquel tiempo, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco». Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer.

Evangelio Marcos 6, 30 – 32

La imagen es de Stevebidmead en pixabay

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