Muchos cristianos -y quienes aspiramos a serlo- nos encontramos regularmente con el Evangelio. Porque lo escuchamos en misa o porque tenemos el hábito de leerlo con más o menos frecuencia. Y dejamos que el Espíritu, a través de él, nos inspire y nos haga sentir lo que en cada caso vaya resultando más conveniente.
Pero hay algunos aspectos de la doctrina que nos trajo Jesús en los que no nos gusta detenernos demasiado. Y pasamos por ellos casi de puntillas, sistemáticamente, por mucho que el Evangelio los recoja una y otra vez. Y, cuando nos encontramos con ellos, hacemos hasta lo imposible por tratar de buscarles interpretaciones que hagan posible que encajen con nuestra manera de pensar y nuestra forma de vida. Una manera de pensar y una forma de vida que muchas veces tiene mucho de egoísta y mucho de acomodada.
Lo único que conseguimos con esa actitud es engañarnos a nosotros mismos. Porque, desde luego, a quien nunca podremos engañar es a Dios, quien sabe -incluso mejor que nosotros mismos- qué es lo que llevamos en el corazón.
El Evangelio es claro como el agua en eso que creo que todos somos capaces de sentir y aceptar como esencial: que lo único importante y lo único que da sentido a la vida es el amor. El amor a Dios y el amor a los hombres. ¿Qué cristiano -o aspirante a serlo- no sueña con llegar a ser algún día tan generoso, tan bueno y tan coherente como lo fue Jesús?
Pero lo cierto es que el Evangelio también es claro como el agua en algunos aspectos que a muchos de nosotros no nos gusta escuchar:
Jesús en el Evangelio habla del demonio y del mal. No una, sino muchas veces. Es muy posible que la mayoría de nosotros nunca veamos «espíritus inmundos» como los que aparecen en algunos pasajes, pero todos sentimos y me temo que seguiremos sintiendo la influencia del mal: todos trataremos con personas que no son buenas y muchos conviviremos, incluso habitualmente, con la tentación. Podemos llamarlo como queramos, pero ahí está.
Jesús en el Evangelio explica en numerosos pasajes que las personas que le sigan y hagan del amor su estilo de vida tendrán su recompensa. De la misma manera que aquellos que vivan de una manera egoísta -sin importarles ni mucho ni poco lo que le pase a las personas que van pasando a su lado en el camino de la vida- tendrán su castigo. Hayan ido a misa o no. ¿Por qué vivimos con esta alarmante permisividad y nos comportamos como si valiera todo? ¿Por qué nos empeñamos en querer creer que no habrá ni juicios ni castigos? No será así. Y se nos medirá con la misma medida con la que nosotros hayamos medido.
Jesús en el Evangelio avisa repetidamente sobre la riqueza y el mal que hace al hombre. Porque la riqueza, aunque en sí misma no es ni mala ni buena, lo cierto es que suele acabar robando el corazón de quien la posee. Sabemos más que de sobra que no se puede servir a dos señores: a Dios y al dinero. Pero aún así muchos de nosotros evidenciamos con nuestra forma de consumir y con el uso que hacemos de nuestros bienes, una incoherencia total con el espíritu del Evangelio.
Y una cosa es que nuestra Iglesia se enriquezca con la diversidad – diversidad de miradas, diversidad de sentires o diversidad de opiniones- y otra muy distinta es que le quitemos a la doctrina de Jesús aquello que no nos interesa. Porque la doctrina es un todo al que todas sus partes lo dotan de sentido.
Podemos elegir seguir pasando de puntillas por los aspectos que no nos gustan, haciendo como si no estuviesen ahí, aunque en realidad estén y siembre vayan a seguir estando.
También podemos coger el toro por los cuernos y replantearnos, a la vista de la doctrina en su conjunto, si hay cosas en nuestra vida que deberíamos empezar a cambiar.
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Valientes y Verdad.
Creo que este texto está en línea con el pensamiento de Benedicto XVI que nos decía que la doctrina de la Iglesia no se puede relativizar ni tomarla “a la carta“.