Evangelio apc Maceta

El mal existe y hay quienes se sienten cómodos con él, lo promueven y lo impulsan. Y es importante que lo sepamos, aunque, por supuesto, sin dejarnos agobiar, ni asustar, ni achantar, ni amedrentar. Dándole, simplemente, su justo peso. Ni más. Ni menos. Sabedores de que Jesús venció al mal en cada ocasión en que lo enfrentó. Y sabedores, también, de que nunca seremos tentados más allá de lo que podamos soportar: «Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas» (1 Corintios, 10, 13). 

Son muchos los pasajes del Evangelio que nos muestran a Jesús enfrentando el mal:

Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!». El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen». Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea. (Evangelio Marcos 1, 21 – 28).

En esta ocasión, como en todas, Jesús enfrenta el mal y vence. La ocasión en la que esa lucha es más sobrecogedora, en mi opinión, es en la que Jesús es llevado al desierto, expresamente, para ser tentado por el diablo. También en aquella ocasión venció.

Por alguna razón que a mí se me escapa, está muy extendida la idea, incluso entre los cristianos, de que el demonio no existe. Pero lo cierto es que en el Evangelio se menciona muchas, muchas veces. Y el Evangelio es un todo que como todo debemos aceptar; con todas sus páginas; sin quitar las que no entendemos, las que no nos gustan o las que no queremos ver. Mirar para otro lado es algo que nunca es recomendable en la vida, creo yo; porque por el hecho de no mirar a un problema, el problema no desaparece; sigue ahí; y cuando no lo afrontamos suele ocurrir que no sólo no desaparece, sino que se hace más grande. Con estas páginas del Evangelio pasa lo mismo: podemos mirar para otro lado y hacer como que no están ahí; pero lo cierto es que sí que están, y cuentan algo que ocurría tanto en tiempos de Jesús como ahora. Algo que, en mi opinión, es mejor conocer y enfrentar.

La mayoría de nosotros nunca veremos «espíritus inmundos» como los que aparecen en este pasaje del Evangelio, pero sí sentiremos la influencia del mal: todos trataremos con personas que no son buenas y muchos conviviremos, incluso habitualmente, con la tentación:

A todos nos rodean en nuestra vida personas buenas y personas que no lo son, de las que procurarnos alejarnos en la medida de lo posible. Aunque a veces, de una manera u otra, forman parte de nuestra vida – un profesor, un compañero de trabajo, un vecino – y no tenemos más remedio que tratarlas. No pasa nada. Sabemos que buenos y malos estamos mezclados en el mundo y sabemos que así seguiremos hasta el día de la siega. Por lo que debemos convivir con ello con  normalidad.

También tenemos ahí, acechantes, las tentaciones. Tentaciones de lo más variadas, que en unos casos se presentan en forma de dudas, en otros casos se presentan en forma de placeres del mundo, en otros casos se presentan para hacernos sentir que no hacemos lo suficiente con esto o con aquello, en otros casos se presentan… Nos hacen entrar en un estado de intranquilidad y de inquietud claramente reconocible. Y no nos queda otra que luchar contra ellas y refugiarnos en los brazos del Padre hasta que pasen los nubarrones; que por supuesto terminan pasando, llevándose consigo el estado de intranquilidad y devolviendonos nuestro tan ansiado estado de paz… hasta el siguiente envite.

Y tan común es esta lucha que cuando Jesús enseñó a orar a los suyos les enseñó a buscar el apoyo del Cielo también en relación al mal y a las tentaciones:

Vosotros orad así:
“Padre nuestro que estás en el cielo, | santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino, | hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas, | como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación, | y líbranos del mal. (Evangelio Mateo 6, 9 -13).

Sabiendo que tenemos un Padre que nos quiere más que nada en el mundo y que, además, todo lo puede, no podemos vivir con miedo: el miedo nos impide crecer, nos empequeñece, no nos deja que saquemos todo nuestro potencial, nos hace querer evitar riesgos a costa de cualquier cosa y nos limita el aprovechamiento de todas las oportunidades que la vida nos pone por delante. Debemos vivir alerta pero tranquilos, con Fe, con la seguridad de que siempre, siempre, siempre estaremos respaldados por el mismísimo Dios Padre.

¿Se puede pedir más?

La imagen es de silviarita en pixabay

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