Jesús nos invita a vivir desde el amor. Desde el amor a Dios y el amor a los hombres. Un amor verdadero, desinteresado, que regalemos sin buscar nada a cambio:

Porque si, cuando hacemos algo por los demás, buscamos que reconozcan nuestros méritos, nos deban un favor o, simplemente, nos correspondan, eso no es amor. Es interés.

Porque si, cuando hacemos algo por los demás, buscamos construirnos una determinada imagen y que nos consideren, nos alaben o nos admiren, eso no es amor. Eso es hipocresía.

Porque si, cuando hacemos algo por los demás, buscamos que Dios también haga algo por nosotros, eso no es amor. Eso es chantaje.

El amor no debe buscar remuneración: tan solo debe buscar el ver al otro atendido. Sin más. Y sin menos.

Eso no quita para que ese vivir para los demás tenga consecuencias positivas para quien así vive. Que, desde luego, las tiene, y no son precisamente menores:

Es bien conocido que todos tendremos un juicio al final de nuestros días. Juicio en el que, tan solo por el amor que hayamos sido capaces de regalar, seremos juzgados. La recompensa para aquellos que hayan pasado por la vida haciendo el bien será nada menos que el Paraíso: una vida eterna, donde no habrá ya enfermedades, ni penas, ni dolor, ni muerte. Una vida en el Amor. Una vida tan sumamente plena, que difícilmente podemos ni tan siquiera atisbar con nuestras capacidades humanas.

Sin embargo, esa no es la única recompensa con la que Dios premia a los Suyos. Existe otra recompensa, menos conocida por muchos cristianos, y es la que Dios regala ya en la tierra:


Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros».

Evangelio Marcos 10, 28 – 31

Y es que, quien de verdad vive para los demás, ya aquí en la tierra comienza a vivir una vida que, aunque vista desde fuera pueda resultar corriente, es sobrenatural. Es guiada por el Espíritu. Y siente una paz interior, una felicidad y un estado del alma que no puede dar ninguna cosa que podamos comprar.

Ese estilo de vida facilita también la certeza de sabernos queridos por Dios y cuidados y respaldados por Él. Y nos hace sentirnos seguros, a pesar de la tremenda inestabilidad que gobierna el mundo en el que vivimos. E incluso nos vuelve valientes y nos ayuda a que podamos sacar, sin miedos y sin complejos, lo mejor de nosotros mismos.

Hace referencia el pasaje del Evangelio a nuestra recompensa en forma de hacienda. Aunque es bien sabido que Jesús no era amigo de la riqueza por la mucha frecuencia con la que roba el corazón, lo cierto es que suele favorecer a los Suyos facilitándoles el que no les falte lo que puedan necesitar.

Se refiere también el pasaje entre las recompensas a la familia; sin duda el tesoro más precioso con el que podemos contar en la tierra para vivir. Porque cuando uno aprende a vivir para los demás y es padre de familia, pasa a ser mejor padre; y cuando es hijo pasa a ser mejor hijo. El amor robustece – y de qué manera – las familias.

Dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros

Evangelio Lucas 6, 38

La imagen es de congerdesign en pixabay

1 comentario

  1. Hay en este pasaje de san Marcos algo que me ha sorprendido. Jesús está hablando claramente de recompensas en este mundo y en el otro, y sin embargo, parece que sin venir a cuento, intercala ahí la palabra «persecuciones», desentonando con el resto del texto.

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