Evangelio apc hombre con Evangelio

Resulta curioso cómo en ocasiones leemos o escuchamos el Evangelio y parece como que no nos dice nada; gustamos de paladearlo igualmente pero nos deja como fríos. Otras veces, por el contrario, parece como si el Evangelio nos hablase, como si nos consolase, como si nos diera las claves de eso exactamente que necesitábamos recibir. Y en muchas ocasiones incluso nos encontramos a nosotros mismos redescubriendo un pasaje que quizás conocíamos desde siempre y de repente sentimos como nuevo, porque son nuevas las cosas que nos dice y son nuevos también los sentimientos que nos inspira.  

El texto del Evangelio está claro que siempre es el mismo. Los que vamos cambiando somos nosotros; y no lo recibimos igual cuando estamos en un momento fácil de la vida que cuando estamos en un momento complicado, en el que necesitamos más de Dios; de la misma manera que no lo recibimos igual en los períodos en los que estamos más envueltos por el mundo y sus placeres que en los períodos en los que estamos más cerca del Cielo y de los demás. El Evangelio es siempre el mismo, sí. Pero nuestra luz es diferente y el Espíritu nos sopla de distinta manera.

Hace 21 siglos, cuando Jesús hablaba, también ocurría algo similar: unos le entendían – y lo iban comprendiendo cada vez más – y otros no atisbaban siquiera a saber de qué hablaba. Cuando sus palabras eran las mismas para todos:

Se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron».(Evangelio Mateo 13, 10 – 17).

Eran muchos quienes habitualmente escuchaban a Jesús. Entre su auditorio había personas de buena voluntad, que querían conocerlo y que estaban dispuestos a abrir sus corazones para ir profundizando en su doctrina y tratar de hacerla vida después en su día a día. Pero entre su auditorio también se contaban personas frívolas y personas de distinta religiosidad que no acudían a él en busca de la verdad. Por supuesto, también se contaban en él personas que acudían tratando de pillarlo en alguna falta.

Y, precisamente, para que fueran entendiendo con hondura su doctrina los de buena voluntad y no tuvieran cómo pillarlo los que carecían de ella, Jesús habla tantas veces en parábolas.

¿Cómo es posible que unas personas comprendiesen las parábolas y otras no atisbasen ni a comprender de qué hablaba Jesús, utilizando como utilizaba, un lenguaje tan sencillo y unas historias tan cercanas a la vida que todos ellos conocían?

La respuesta es sencilla: de la luz que hace falta para comprender las cosas del Cielo no disponemos todos por igual. La luz la regala Dios a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Y habitualmente la regala a aquellos que quieren ser de los suyos, a aquellos que se interesan por los demás, a aquellos que quieren hacer de este mundo un lugar mejor y que tratan de vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario. Quienes así viven tienen en su mano – y en su vida – la clave para entender las cosas del Cielo. 

Para tener luz da igual la edad que se tenga, da igual la clase social en la que se haya nacido y da igual el nivel cultural con el que se cuente. Porque las cosas del Cielo son algo que está en otra liga y que tiene unas reglas bien distintas a las que regulan nuestro mundo. No tiene luz quien es mayor de edad, quien estudia teología o quien va a misa; tiene luz quien es «de los de Jesús», quien quiere a los demás: En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros (Evangelio Juan 13, 35).

Con esa luz se entienden las parábolas. Con esa luz se comprende el Evangelio. Y con esa luz se atisba también la intervención del Cielo en nuestro día a día. Y a medida que más hagamos vida esa doctrina de Jesús, más iremos dejando soplar al Espíritu y más finura iremos teniendo para comprender la Palabra y entrever los secretos del Cielo.

La imagen es de StockSnap en pixabay

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