Puerta cerrada

A mí, personalmente, tengo que reconocer que me encanta llegar a Dios por el amor y así lo propongo habitualmente a quienes quieran leer estas reflexiones, desde las que trato de invitar a la relación estrecha, al cariño, a la confianza y a que nos comportemos como hijos con el Padre.

Pero no conviene robar páginas al Evangelio y quedarnos de él con lo que más nos gusta o más nos reconforta. Porque el Evangelio es un todo que tiene su sentido como tal. En él se detalla cómo al final de nuestros días seremos juzgados por el amor. Y no son pocas las ocasiones en las que habla del castigo que sufrirán quienes durante su vida en la tierra no se ocupen los demás. Este hecho está escrito repetidamente, con total claridad, sin paños calientes, incluso con dureza, en distintos pasajes en los que Jesús utiliza expresiones tales como «no os conozco» (Mateo 7, 23) o «allí será el llanto y crujir de dientes» (Lucas 13, 28).

Llevan sin duda al temor de Dios. Sí. Pero es bueno también que tengamos meridianamente claro que Dios no es un «blandito» del que cualquiera puede abusar o al que cualquiera puede tomar el pelo. Tampoco quiere Dios que lo seamos nosotros, puesto que eso está lejos del cristianismo que nos propuso Jesús.

En una primera pensada, superficial, podría parecernos que castigos irreversibles y tan duros como se proponen en el Evangelio para quienes no se ocupan de los demás no son propios de ese Dios Padre, misericordioso, que bien sabemos que nos quiere más de lo que hayamos podido nunca ni imaginar.

Pero si lo meditamos tan solo un poco caeremos en la cuenta de que esto ha de ser necesariamente así. Porque la búsqueda de la justicia es algo propio de quien mucho ama. ¿O acaso las madres de aquí de la tierra somos capaces de mirar para otro lado cuando hacen daño a alguno de nuestros hijos? ¿no buscamos acaso que se haga justicia cuando abusan de ellos o los tratan mal? ¿No nos duele que los ignoren o los dejen desatendidos? Pues si así nos sentimos nosotras, con las muchísimas limitaciones que tenemos, ¡cómo no lo va a sentir Dios, que tiene una capacidad de amar infinitamente mayor que la nuestra!

En la sociedad en la que vivimos se ha impuesto una permisividad alarmante, en la que los límites que separan el bien del mal han quedado bastante diluidos. Y parece que mientras no hagamos mal al de al lado, todo vale.

Pero lo cierto es que conformarnos con no hacer mal al otro está lejos del cristianismo. Tan lejos, tan lejos, tan lejos, que en el Juicio Final será castigado:

Entonces dirá Jesús a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”

Evangelio Mateo 25, 41 – 43

No detalla San Mateo agresiones al prójimo, no. Detalla pecados de omisión. Recoge ese mirar para otro lado que se ha convertido en una práctica tan habitual entre nosotros. Práctica que será castigada y tendrá consecuencias, ya irreversibles, cuando se acaben nuestros días aquí en la tierra. Hayamos ido habitualmente a misa o no.

Conviene conocerlo y conviene también tenerlo presente. Sabedores, eso sí, de que mientras vivamos siempre estaremos a tiempo de pedir perdón, siempre estaremos a tiempo de reconducir nuestra vida y siempre estaremos a tiempo de ser recibidos en los brazos de ese Dios que, sobre todo, es Padre.

La imagen es de klickbick en pixabay

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