La envidia

​La RAE define la envidia como tristeza o pesar del bien ajeno, o como deseo de algo que no se posee. Tremendo sentimiento, que hace infeliz a quien lo padece y que tanta infelicidad genera a su alrededor.

La envidia hace infeliz a quien la padece, quien que se siente desdichado por no poseer algo que el otro sí que tiene. Sean bienes materiales, sean cualidades o cualquier otra clase de cosas tangibles o intangibles. Lo mismo da.

La envidia, además, lleva consigo una importante mezquindad de corazón. ¿Quién sino un mezquino siente infelicidad o pesar cuando al otro le va bien? ¿Puede acaso haber una actitud más contraria al estilo de vida que nos propone Jesús? Jesús nos propone vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres. Tan profundo, que lleguemos incluso a anteponer los intereses de los demás a los nuestros. Pero el envidioso, lejos de mirar por el otro, se siente hasta desgraciado cuando al otro le va bien.

La persona envidiosa llega, en muchas ocasiones, a ser un peligro para el otro, puesto que desea su mal. ¡Cuántas veces detrás de los comentarios venenosos, esos que buscan el desprestigio del otro y que son tan comunes entre nosotros, lo que se esconde es una terrible envidia!

Si reconocemos ese sentimiento en nosotros mismos, lo más sensato, en mi opinión, es no mirar para otro lado, no ponernos excusas, y trabajar sin descanso para tratar de combatirlo. El camino para hacerlo es claro: el camino del amor. Empezando, por supuesto, por lo que nos resulte más sencillo. Para ir avanzando por él sin prisa, pero sin pausa. Mientras duren nuestros días aquí en la tierra siempre estaremos a tiempo de reconducir nuestras actitudes y nuestra vida, siempre estaremos a tiempo para volvernos hacia los demás y siempre estaremos a tiempo de pedir perdón y ayuda también a Dios.

Si detectamos envidia en una persona cercana le haremos un favor inmenso si lo hablamos con claridad. Sin ninguna superioridad moral. Desde esa disposición de querer ayudarla a ser mejor. Y desde el cariño.

Si reconocemos este sentimiento en personas con las que no cabe una conversación en ese sentido, lo más sensato es alejarnos de ellas en la medida en la que nos sea posible. Porque con una persona envidiosa no es posible de ninguna manera la confianza y, mucho menos, la amistad.

Junto al envidioso más vale no bajar nunca la guardia, porque en el momento menos pensado nos traicionará. Y muy especialmente si la vida nos sonríe o si destacamos por nuestra simpatía, nuestra inteligencia, nuestro estilo, nuestra popularidad, nuestra entrega, nuestro compromiso, nuestra espiritualidad, nuestra bondad, nuestra belleza, nuestra situación profesional, nuestra situación económica o la cualidad o circunstancia que sea. Porque al envidioso le da rabia que el otro brille y disfruta cuando fracasa o hace el ridículo.

«Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas»

(Evangelio Mateo 10, 16)

Dios nos quiere buenos, pero no nos quiere ni tontos ni blandos. Como lo fue Jesús, que pasó la vida atendiendo a todos y fue tan bueno que llegó incluso a dar la propia vida por defender la verdad hasta el final; pero que nunca se achicó frente a los poderosos ni se dejó avasallar por abusadores ni por envidiosos.

La imagen es un fotograma de la película Blancanieves, de Disney, de 1973

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