Vuelta al cole

Esta semana está comenzando la vuelta al cole. Y con ella muchas familias volvemos a la cotidianeidad.

Atrás quedan los que han sido, para muchos, unos días de vacaciones, sin obligaciones y sin prisas, que unos hemos aprovechado para hacer algún viaje, otros para descansar y otros para retomar nuestros hobbies.

Con esa vuelta al cole, que de alguna manera señala la vuelta a la vida ordinaria y a nuestras obligaciones y responsabilidades, algunas personas se vienen abajo; como si se vieran obligados a guardar su felicidad en el cajón de los bañadores hasta las próximas vacaciones.

Ese planteamiento vital es, en mi opinión, un error. Un tremendo error. Porque no tiene ningún sentido organizarnos la vida articulando en ella los fines de semana y las vacaciones como «la parte buena» y el resto del año como «la parte mala». ¿De verdad estamos dispuestos a conformarnos con un planteamiento que nos hace sentir que malgastamos casi la totalidad del año?

La vida real es la vida cotidiana, esa en la que tenemos obligaciones domésticas, obligaciones familiares y obligaciones profesionales que llenan prácticamente la totalidad de nuestro día. Y en esa vida, con todas sus servidumbres, con todas sus miserias, con todas sus rutinas y con todas sus cosas buenas también, tenemos la oportunidad de florecer, tenemos la oportunidad de ser felices y tenemos la oportunidad de hacer felices a los que nos rodean.

Y debemos de aspirar, creo yo, a ser felices siempre. Los siete días de la semana. Incluidos esos tan temidos lunes cuando bien tempranito ya nos está sonando el despertador.

Hay factores externos que condicionan nuestra realidad, sobre los que poco o nada podemos incidir. Cierto es. Pero no es menos cierto que nuestra felicidad depende también mucho de nosotros mismos:

Nuestra felicidad depende, en buena parte, de nuestra actitud. Una actitud optimista ayuda enormemente a ver el lado bueno de las cosas o a esperar los mejores desenlaces a pesar de las dificultades que se puedan presentar. Quien la tiene, en lugar de desesperarse frente a la adversidad, es incluso capaz de identificar en ella oportunidades y desafíos desde los que coger impulso para seguir luchando por cumplir sus sueños.

Tratar de vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario -como hizo Jesús durante los 30 años que vivió antes de comenzar su vida pública- enriquece, y de qué manera, la vida entera. Porque nos lleva a vivir intensamente, hacia los demás, desde el amor y tratando de poner lo mejor de nosotros mismos incluso en esas pequeñas actividades que componen nuestro día a día, por vulgares o rutinarias que nos puedan parecer.

Y vivir para los demás tiene además una consecuencia indirecta y es que evita que tengamos demasiado tiempo para dar vueltas a los problemas o las preocupaciones que podamos tener.

Trabajar como si el resultado de nuestro trabajo dependiera solo de nosotros, pero sabedores de que en realidad depende solo de Dios también contribuye directamente a que vivamos como niños, confiados, con paz y siendo generadores de serenidad a nuestro alrededor.

Tenemos razones poderosas para sentirnos enormemente agradecidos por tanto como se nos ha dado y por tanto como tenemos la oportunidad de regalar. En nuestra mano está el aprovechar cada día como la oportunidad única que es. También los lunes.

La imagen es de Collifreund en pixabay

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