Acogida

Una actitud de acogida nos convierte en personas accesibles para los demás. Y nos sitúa a nosotros junto a ellos y, por lo tanto, cerca de su sentir, cerca de sus porqués, cerca de sus preocupaciones y cerca de los problemas que puedan tener.

Es una actitud vital que deberíamos tener todos los cristianos y quienes aspiramos a serlo. Tendría que ser, sin duda, una de nuestras señas de identidad y formar parte de nuestro ADN, acompañándonos siempre; en cualquier circunstancia.

Una actitud de acogida lleva consigo estar abierto a recibir al otro, dejando atrás esos terribles prejuicios que tantísimas veces suelen acompañarnos y que nos llevan a hacernos una idea precipitada sobre él, atendiendo tan solo a esa primera impresión que nos causa con su actitud, su gesto, sus modales, su ropa o su aspecto exterior. Lo peor de los prejuicios es que, una vez que encasillamos a la persona ya obramos en consecuencia. Lo que en muchas -muchísimas- ocasiones se traduce en que le negamos la oportunidad de mostrarnos quién es o lo que lleva en el corazón, tan solo porque tras esa primera impresión nos ha parecido que no es afín a nosotros, que no nos va a aportar nada o que nos va a traer problemas.

Una actitud genuina de acogida ha de serlo hacia todos. Sin excepción. Como hizo Jesús. Quien no buscó rodearse ni de los poderosos, ni de los más respetados socialmente ni de los más populares. Sino más bien todo lo contrario: Jesús siempre mostró predilección por las personas que más sufrían y por aquellos que más bien estaban, de una u otra manera, excuidos por la sociedad: porque tuvo meridianamente claro que no venía a curar a quienes estaban sanos sino a los que estaban enfermos:

«no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos»

Evangelio Mateo 9, 12

Su nivel de conocimiento de las escrituras podría haberle llevado a codearse de igual a igual con los eruditos de entonces y sin embargo prefirió rodearse de unos apóstoles que en su mayoría eran pescadores y que no destacaban precisamente por su nivel cultural. Ni destacaban tampoco por sus virtudes: estaban tan llenos de defectos y cometían tantísimos errores como cualquiera de nosotros. Con ellos convivió y a ellos les encomendó años después nada menos que la expansión del cristianismo por el mundo entero.

¿Por qué entonces nosotros buscamos tantas veces rodearnos de esos que suelen ocupar los primeros puestos? A éstos no debemos rechazarlos, por supuesto que no, pero no buscarlos de manera preferente y muchísimo menos de manera exclusiva.

Una actitud de acogida lleva consigo la escucha al otro desde la empatía: tratando de comprender su sentir, sus circunstancias y sus porqués. Para poder compartir de verdad su alegría y compartir también su dolor cuando sea el caso.

Una actitud de acogida también implica tratar al otro desde la cercanía. Esa disposición que hace sentirse al otro en un plano de igualdad por mal que haya podido hacer las cosas, por mucho que haya sido perdonado, o por mucho que haya sido ayudado. Sin buscar su agradecimiento. La única recompensa que debemos buscar es ver al otro atendido.

La acogida, creo yo, es el paso previo al servicio. Ese estilo de vida que tantas veces nos propuso Jesús y que ha de traducir, necesariamente, el amor en obras. Porque en el orden del Cielo, al contrario que en el orden de la tierra, los hombres son más grandes cuanto más aman y, por lo tanto, cuanto más sirven.

La imagen es de MabelAmber en pixabay

1 comentario

  1. Cuando leo tu blog siempre me pregunto: para cuándo? Para cuándo empezarás a hablar de «cómo se hace?»
    Tu evangelización está basada en proclamar el amor, en invitarnos y animarnos a amar, como si el amor fuese un fin en sí mismo. Tu invitación a amar es una invitación vana e ilusoria… Pues olvidas q, heridos por el pecado original y por nuestra propia historia personal de pecados, nuestra naturaleza está inclinada al egoísmo y nuestra capacidad de amar es bastante limitada.
    Mira, es como si yo te pido aceitunas y no te digo el secreto: q primero has de plantar olivos.

    El amor es un «fruto», o sea, «una consecuencia de».

    Una consecuencia de qué??? (Pregunta del millón)
    Pues una consecuencia de amar a Dios y tener una relación de profundo y vibrante amor con ÉL (respuesta del millón!!!!)
    Fruto de esta relación es acoger la salvación, el nacer de nuevo, la divinización del espíritu, la transformación del corazón, la bondad y el anhelado amor.

    Ahora q ya tenemos respuesta a la pregunta del millón, cabe preguntar la pregunta del billón , que sería: como hago para amar a Dios y tener una relación de profundo y vibrante amor con ÉL?

    Bueno, pues lo primero es saber y conocer esta Verdad.
    Después sólo hay q desearlo y simplemente pedírselo. Sí, pedírselo: «Padre, deseo amarte».

    Y si lo pides con un corazón limpio… Lo obtienes en el acto… A moco tendido! 🙂

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