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A las personas nos encanta el reconocimiento y los primeros puestos en cualquiera de los ámbitos en los que nos movemos. Y ya desde la infancia miramos con admiración – y a veces incluso con envidia – a esos niños a los que en el colegio todo el mundo sigue y quiere imitar.

Es ese un sentimiento que cuando vamos creciendo normalmente crece con nosotros, porque la sociedad en la que vivimos es tremendamente competitiva: y en esa competitividad nos criamos y con esa competitividad tenemos que aprender a convivir, porque está ahí nos guste o no, vaya con nuestro carácter o no, vaya con lo que queremos ser o no. 

Está ahí en todos los órdenes de la vida: está, por supuesto, en la vida profesional, pero lo está también en otros círculos sociales a los que pertenecemos en los que igualmente nos gusta ser vistos como triunfadores. Solamente en los entornos más íntimos – familia y amigos – la competitividad desaparece.

Ese gustar en exceso del reconocimiento social no es nuevo. Está en el corazón del hombre desde siempre y ya Jesús, hace 21 siglos, nos prevenía acerca de él:

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola:
«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido». (Evangelio Lucas 14, 7 -11).

La doctrina que nos trajo Jesús es una invitación a que vivamos nuestra vida desde un profundo amor a Dios y a los hombres. La forma de demostrar ese amor a los hombres es, necesariamente, el servicio. Servicio que en un caso se traducirá en escuchar, en otro caso se traducirá en ayudar, en otro caso se traducirá en prestar dinero, en otro caso se traducirá en consolar, en otro caso se traducirá en…. Jesús nos enseña que los hombres son más grandes cuanto más aman y por lo tanto cuanto más sirven. Criterio, por cierto, bastante distinto del que se vivía en la sociedad de entonces y del que seguimos viviendo en la sociedad de hoy, en la que las personas seguimos gustando de que nos sirvan y seguimos aspirando a ocupar, competitivas, los primeros puestos en la mayoría de los círculos en los que nos movemos.

¿Por qué en los entornos más íntimos la competitividad desaparece?

En los entornos más íntimos la competitividad desaparece porque en ellos a las personas nos unen los lazos de amor. Y cuando esto ocurre, cambian por completo las reglas del juego: sólo cuando queremos al otro podemos alegrarnos de corazón de que las cosas le vayan mejor que a nosotros o de que sea más feliz que nosotros. ¿Qué padre no se alegra y no se siente orgulloso cuando uno de sus hijos le supera en estatura, en conocimiento, o en cualquier tipo de habilidad o cualidad?

Y a aquellos a quienes queremos ¡anda que no les cedemos el paso con gusto para que pasen por delante de nosotros y ocupen los primeros puestos! Ahí sí, nos sale de manera espontánea el dar, el servir, e incluso el buscar un segundo plano para que sea el otro el que brille.

Jesús nos invita a que amemos a todos. No a todos por igual, pero sí a que amemos mucho más allá de ese núcleo nuestro «de íntimos». Si así lo hiciésemos cambiaríamos entre todos, y de qué manera, las reglas del juego que hoy regulan las relaciones entre nosotros.

La imagen es de klimkin en Pixabay

1 comentario

  1. Cada semana nos sorprendes! Y con la ayuda de DIOS nos vas dejando que no nos quedemos indiferentes. Que alegría darnos cuenta de tantas cosas. Un abrazo a todos con ternura

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