Coronas

Dios nos quiere en el mundo. Y en él -con sus muchas cosas buenas y también con todas sus miserias- estamos llamados a florecer:

Como no podría ser de otra manera, debemos trabajar para vivir, debemos pagar nuestros impuestos, debemos respetar los bienes y los derechos de los demás y debemos cumplir con lo que disponen las leyes que marcan las reglas del juego y de la convivencia. Claro que sí.

Pero no tenemos por qué adoptar como nuestros los valores ni el estilo de vida que se han impuesto en la sociedad: nuestro corazón, nuestros valores y nuestras acciones deben estar guiados por el amor y por ese espíritu de servicio que tanto lo caracteriza.


Entonces se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?». Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto». Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?». Le respondieron: «Del César». Entonces les replicó: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Al oírlo se maravillaron y dejándolo se fueron.

Evangelio Mateo 22, 15 – 22

Se acercan en esta ocasión a formular una pregunta a Jesús desde la mala voluntad, buscando comprometerlo con las autoridades romanas.

Para que no pareciese un ataque, comienzan regalándole el oído, haciendo referencia a ese comportamiento que tanto distinguía a Jesús de los religiosos de entonces: se fijaba tan solo en el corazón de las personas sin importarle en absoluto su apariencia y acogía, preferentemente, a las personas que habían quedado al margen de la sociedad.

Después, le formulan la venenosa pregunta. Quienes se la planteaban estaban en contra del impuesto que se veían obligados a pagar al César, pero no se atrevían a decirlo públicamente por no buscarse problemas con los romanos. Jesús se atrevería a decirlo, y se buscaría con ello un enemigo más. Si no lo hacía y admitía su legitimidad, se desprestigiaría frente al pueblo.

El Maestro sale airoso con mucha astucia. Pues la moneda con la efigie del emperador no se admitía ni en el templo ni para las transacciones entre judíos.

Jesús nos enseña a ser buenos y a tratar de vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario. Pero desde una bondad bien entendida: ser bueno nada tiene que ver con ser blando. Porque el amor y la bondad requieren de mucha valentía para defender lo que es justo y los intereses de los más vulnerables. Como en esta ocasión hizo él, que no dudó en tachar de hipócritas a quienes venenosamente le estaban preguntando para ponerlo en un apuro y para tratar de robar la verdad a quienes comenzaban a interiorizar su doctrina.

Con sus palabras «Dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios», además, aprovecha Jesús para explicar, una vez más, que el reino de Dios nada tiene que ver con los reinos de este mundo.

¿Cuándo entenderemos que el reino de Dios está lejos de la política, del ejército, del poder o del dinero?

No son monedas ni tributos lo que Dios busca de nosotros. Lo único que busca es que vivamos según la doctrina que Jesús nos enseñó: desde un profundo amor a Dios y desde un profundo amor a los hombres. Sin más. Y sin menos.

Y eso es perfectamente compatible con vivir en el mundo y con respetar las leyes y las reglas que regulan nuestra convivencia. No hay una lucha entre ambos reinos porque ambos reinos juegan en distintas ligas.

El reino de Dios es un fenómeno que ocurre en el interior de las personas, que poco a poco nos va transformando y nos va haciendo cada vez más Suyas.

La invitación que nos hace Jesús a vivir desde el amor, sonaba entonces -y sigue sonando hoy a muchos- una idea ingenua.

Pero suena así, ingenua, en mi opinión, solo a quienes ni se han parado a pensar la hondura y las consecuencias que hay tras esa propuesta tan sencilla pero tan sumamente transformadora.

La imagen es de congerdesign en pixabay

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