Buenos y malos convivimos mezclados en nuestra sociedad: en nuestros trabajos, en nuestros vecindarios, en nuestras aulas, e incluso en nuestras familias; de la misma manera que a lo largo de su vida crecen, mezclados, el trigo y la cizaña.

Quienes no son buenos, en un primer momento pueden engañar al resto. Pero antes o después termina viéndose que son lobos, cuando tras su piel de cordero asoma el egoísmo, la tiranía, la ambición o el orgullo y demuestran lo poco que les importa si con su comportamiento o sus decisiones, quienes les rodean salen o no mal parados.

Juegan sus cartas sabiendo lo extendida que está la bondad mal entendida:

Y es que es algo muy común entre las personas buenas el que crucen la delgada linea que separa la bondad de la idiotez. Y viven, ingenuas, empeñadas en creer que todo el mundo es bueno sin querer ver la realidad. Es una actitud insensata que les lleva, irremediablemente, a estrellarse más pronto que tarde.

Por alguna extraña razón que a mí se me escapa, también es común entre las personas buenas – o que sinceramente quieren serlo – la creencia de que hay que llevarse bien con todos. Cuando lo cierto es que esto no tiene por qué ser así: bien está que tengamos una disposición del corazón a estar a bien con los demás, sean quienes sean, pero no podemos andar haciendo piruetas para tratar de justificar comportamientos que no están bien ni mirar para otro lado para evitar los enfrentamientos. No pasa nada por enfrentarse a quien sea menester. No tenemos por qué caer bien a todos. Es más, mala señal será si nos llevamos bien con todo el mundo, porque buenos y malos estamos muy mezclados y significará, sin duda alguna, que no estamos haciendo las cosas todo lo bien que deberíamos.

En aquellos casos en los que tengamos claro que la persona o personas que tenemos enfrente no son personas limpias de corazón y van de mala fe, debemos obrar con astucia. Desde el respeto, desde la educación y desde el señorío. Sí. Pero con astucia y firmeza, sin dejarnos achantar.

Facilitando, en la medida de lo posible, que sea el Espíritu el que en cada caso nos sople lo que más conviene hacer y decir.

Como hacía Jesús:

Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?». Jesús les replicó: «Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?». Ellos se pusieron a deliberar: «Si decimos “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué no le habéis creído?”. Si le decimos “de los hombres”, tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta». Y respondieron a Jesús: «No sabemos». Él, por su parte, les dijo: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto» .


Evangelio Mateo 21, 23 – 27

En esta ocasión una delegación del Sanedrín hace frente a Jesús en el templo para preguntarle que con qué licencia actúa. No buscaban la verdad. No. Buscaban un tropiezo suyo al que agarrarse para condenarlo y quitárselo de en medio, porque eran ya muchos los seguidores que tenía y mucha la fuerza que iba cogiendo su doctrina.

Jesús los vio venir. Supo que no buscaban conocer la verdad sino deshacerse de él y ni siquiera les contestó a la pregunta que le formulaban: no entró en su juego sino que se los quitó de encima con una astucia impresionante, formulándoles una pregunta a la que no podían dar respuesta ni en un sentido ni en su contrario. Y los forzó muy educadamente a que se retirasen con el rabo entre las piernas. Magistral.

Dios no quiere blandos a los que todo el mundo puede tomar el pelo. No. Dios quiere firmes defensores de su doctrina y de las personas más vulnerables. Como fue Jesús, que en tantas ocasiones tuvo que enfrentarse a los poderosos fariseos para afearles su conducta, tan cercana a sus mundanos intereses y tan distante de aquellos que estaban, por una u otra razón, excluidos de la sociedad.

Ahora nos toca a nosotros tomar su relevo aquí en la tierra y ser fieles mantenedores de su doctrina, de su estilo y de su Espíritu.

La imagen es de pixel2013 en pixabay

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