Evangelio apc No querer ver

Muchos de nosotros tenemos claro que queremos ser cristianos. Pero, aunque estamos convencidos de ello, lo cierto es que no termina de haber demasiada coherencia entre lo que decimos que queremos ser y nuestros actos: porque del Evangelio nos quedamos tan sólo con las páginas que nos interesa. Y con el resto, esas que pueden traducirse en dificultades para nosotros, hacemos como si no estuvieran ahí: no las queremos ver y obramos en consecuencia. 

Esa actitud no es nueva. Se da en las personas desde que el mundo es mundo y ya Jesús advertía acerca de ella:

«En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Los Profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos, que oiga.  ¿A quién compararé esta generación? Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo: “Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”. Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras». (Evangelio Mateo 11, 12 – 19).

Hace referencia este pasaje del Evangelio al tiempo en el que estaba terminando ya la predicación de San Juan Bautista y estaba dando comienzo la predicación de Jesús. Discípulos de uno y otro vislumbraban la verdad que ambos traían y comenzaban a hacer vida su doctrina, que no era otra que la doctrina del amor “El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo”. (Evangelio Lucas 3, 11).

Y en este contexto de florecimiento espiritual de esas personas que, sencillamente, buscaban a Dios, se presentan aquellos que oficialmente las guiaban espiritualmente y comienzan a sembrar la duda en sus corazones: mientras que a Juan achacaban que ni comía ni bebía, a Jesús le achacaban ser un comilón  y un borracho.

Atacaban a Juan y a Jesús por cosas superficiales, que realmente no afectaban a la doctrina que traían; pero conseguían cuestionarlos a ellos y, por extensión, a su mensaje.

Demostraban con su actitud que realmente no les importaba la verdad, sino mantenerse ellos en el poder. Y demostraban con sus actos ser unos manipuladores a los que las gentes en realidad les importaban bien poquito. Más bien nada. Puesto que sin piedad les robaban la doctrina de Juan y Jesús; esa verdad que es capaz de transformar el corazón de las personas; esa verdad que da a la vida todo su sentido.

Y si no veían la verdad es porque no querían verla; porque hacerlo tendría que traducirse, necesariamente, en cambios en sus vidas que no estaban dispuestos a hacer.

Siglos más tarde su actitud nos parece inadmisible. Y lo es. Pero ¿qué hay de nosotros? ¿Somos de verdad «de los de Jesús» o más bien nos quedamos de su doctrina con lo que más nos conviene y hacemos – como los fariseos – como que no vemos las cosas que menos nos interesan?

Ser cristiano es mucho más que ir a misa los domingos y rezar un ratito de vez en cuando. Ser cristiano es seguir a Jesús, es seguir su Evangelio. Y seguirlo con todas sus páginas; también esas páginas que nos traen dificultades:

Ser cristiano es vivir para los demás sin reconocimientos ni aplausos. Porque ese vivir para los demás normalmente se dará desde lo sencillo, desde las pequeñas cosas, desde la vida ordinaria, desde la sombra. Sin focos.

Ser cristiano implica tener que luchar contra nosotros mismos. Y mucho. Porque nadie más que nosotros podemos combatir nuestras soberbias, nuestros egoísmos o esas envidias que acaban convirtiendo en piedras nuestros corazones. De no hacerlo, no sólo no avanzaremos demasiado en la vida espiritual, sino que además seremos generadores de infelicidad a nuestro alrededor.

Ser cristianos nos obliga a sacar de nuestra vida todo aquello que nos distrae en exceso de lo que de verdad importa. Sea lo que sea. En unos casos nos tocará sacar un mal hábito, en otros nos tocará romper con alguna persona nociva, en otros casos nos tocará… cada uno lo que tenga.

Ser cristiano implica dar la cara por Jesús y su doctrina. Sin fisuras. Sin hipocresías. Valientes. Sin preocuparnos por qué dirán de nosotros. Sin dejarnos llevar por el poder de las modas de turno ni por las opiniones de tantas personas que nos rodean que tratarán de arrastrarnos en el sentido del mundo.

Ser cristiano lleva consigo trabajar por una paz bien entendida en los entornos en los que cada uno nos movamos; una paz que no se sustente sobre situaciones injustas, egoísmos o abusos.

Ser cristiano implica esperar contra toda esperanza y confiar en Dios también cuando las cosas se ponen feas. Seguros de que Dios es, sobre todo, Padre y que siempre, siempre, siempre, nos escucha.

La imagen es de geralt en pixabay

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