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No es un Dios de muertos, sino de vivos

No es un Dios de muertos, sino de vivos

Jesús invitó a los suyos en numerosas ocasiones -y nos sigue invitando a nosotros hoy- a que centremos nuestra vida en lo que de verdad importa, sin dejarnos enredar en las muchas propuestas que se nos ofrecen desde el mundo que, sin ser necesariamente malas, nos terminan distrayendo de lo que de verdad importa.

Nos avisa del peligro de poner el corazón en las riquezas de este mundo en lugar de poner nuestro tiempo, nuestras energías y nuestro corazón en acumular tesoros para el Cielo.

Nos invita a vivir dándonos a quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Y nos invita a vivir así porque, más allá de ser ese el único camino para dar a nuestra vida su verdadero sentido, será del amor de lo único que se nos pedirá cuentas al final de nuestros días para abrirnos las puertas del Cielo.

Y allí, ya sí, viviremos una vida plena, en la que no tendran cabida ni la enfermedad, ni las preocupaciones, ni la muerte. Será una vida en la que reinará el amor por toda la eternidad.

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Nuestra condición de aprendices

Nuestra condición de aprendices

Cuando nos sentimos avanzar en el camino del amor -muy especialmente a los comienzos- caemos con frecuencia en la tentación de creer que los logros alcanzados han llegado porque nos lo hemos propuesto, hemos sido constantes y nos hemos empleado a fondo. Caemos con frecuencia en la tentación de creer que los logros son el resultado de nuestro esfuerzo y que, por lo tanto, todo el mérito es nuestro.

Olvidando que los talentos con los que contamos no tienen ningún mérito, puesto que nos fueron regalados desde el Cielo cuando vinimos a este mundo.

Y olvidando que siempre tenemos a ese Dios que es, sobre todo, padre, despejándonos el camino y cubriéndonos las espaldas.

Nos creemos que ya hemos comprendido bien de qué va esto de seguir a Jesús. Nos creemos que tenemos todo controlado. Y nos venimos arriba, sin llegar siquiera a vislumbrar que en esto del amor nuestra condición es la de eternos aprendices.

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Reprender desde el amor

Reprender desde el amor

Jesús propuso a quienes quisieron escucharle -y nos sigue proponiendo hoy a nosotros- que vivamos haciendo del amor nuestro estilo de vida. Nos propone vivir desde un profundo amor a Dios y a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Nos propone vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario.

Porque fuimos creados para amar y lo cierto es que, si no vivimos así, nuestra vida pierde su sentido.

Reprendía en muchas ocasiones a quienes le seguían, con el fin de enfrentarlos a sus comportamientos equivocados y ayudarlos a mejorar. Y así, cuando era necesario, les avisaba de los riesgos de aferrarse a las riquezas y poner el corazón en ellas, los invitaba a dejar de buscar los primeros puestos, los prevenía del error que es poner la ley por delante del interés de los hombres, los enfrentaba con las conductas hipócritas que tantas veces tenían o les hacía ver cómo en muchas ocasiones no daban un buen ejemplo.

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Tened valor

Tened valor

En la Última Cena, sabiendo que estaban ya a punto de prenderle para darle muerte, Jesús repasa los aspectos más importante de su doctrina y deja a los suyos, casi a modo de despedida, algunos consejos.

Uno de ellos fue En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo. Consejo que, a buen seguro, también nos está dando hoy a nosotros.

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