No es un Dios de muertos, sino de vivos
Jesús invitó a los suyos en numerosas ocasiones -y nos sigue invitando a nosotros hoy- a que centremos nuestra vida en lo que de verdad importa, sin dejarnos enredar en las muchas propuestas que se nos ofrecen desde el mundo que, sin ser necesariamente malas, nos terminan distrayendo de lo que de verdad importa.
Nos avisa del peligro de poner el corazón en las riquezas de este mundo en lugar de poner nuestro tiempo, nuestras energías y nuestro corazón en acumular tesoros para el Cielo.
Nos invita a vivir dándonos a quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Y nos invita a vivir así porque, más allá de ser ese el único camino para dar a nuestra vida su verdadero sentido, será del amor de lo único que se nos pedirá cuentas al final de nuestros días para abrirnos las puertas del Cielo.
Y allí, ya sí, viviremos una vida plena, en la que no tendran cabida ni la enfermedad, ni las preocupaciones, ni la muerte. Será una vida en la que reinará el amor por toda la eternidad.
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