Cuando nos sentimos avanzar en el camino del amor -muy especialmente a los comienzos- caemos con frecuencia en la tentación de creer que los logros alcanzados han llegado porque nos lo hemos propuesto, hemos sido constantes y nos hemos empleado a fondo. Caemos con frecuencia en la tentación de creer que los logros son el resultado de nuestro esfuerzo y que, por lo tanto, todo el mérito es nuestro.
Olvidando que los talentos con los que contamos no tienen ningún mérito, puesto que nos fueron regalados desde el Cielo cuando vinimos a este mundo.
Y olvidando que siempre tenemos a ese Dios que es, sobre todo, padre, despejándonos el camino y cubriéndonos las espaldas.
Nos creemos que ya hemos comprendido bien de qué va esto de seguir a Jesús. Nos creemos que tenemos todo controlado. Y nos venimos arriba, sin llegar siquiera a vislumbrar que en esto del amor nuestra condición es la de eternos aprendices.
Cuando nos venimos arriba corremos el riesgo de caer en la tentación de sentirnos mejores que otros, o incluso de mirarlos por por encima del hombro. Y esa actitud lo que pone de manifiesto es lo lejos que estamos aún del amor verdadero, porque quien de verdad ama al otro, nunca lo mira con superioridad. Es más, quien de verdad ama al otro lo que desea es que ese otro incluso le supere. ¿Cómo es posible que hasta en la vida espiritual nos guste estar en los primeros puestos?
En nuestra vida se alternan las etapas buenas con las que no lo son tanto, las etapas de triunfos y las de fracasos, las etapas felices y las etapas en las que no nos cabe ni un problema más, Y en nuestra vida espiritual ocurre lo mismo. Y se alternan las etapas de crecimiento con las de parada (e incluso retroceso), las etapas en las en las que sentimos la cercanía del Cielo con las que no sentimos nada, las etapas en las que tenemos una oración intensa con las etapas en las que no somos ni capaces de concentrarnos.
Pero posiblemente esas etapas más difíciles son una herramienta de la que Dios se vale para aumentarnos la Fe y también -por qué no decirlo- para bajarnos los humos y de recordarnos que, de alguna manera, seguimos siendo aprendices en esto del amor. Porque cuando hacemos lo correcto no tenemos motivos para venirnos arriba. Hacer lo correcto es lo que tenemos que hacer. Es nuestra obligación. No deberíamos sentirlo como algo extraordinario.
Si algún día nos descubrimos a nosotros mismos viniéndonos arriba más de la cuenta, será momento de llevar la vista al Cielo, hacer un guiño a Dios, sonreirle, darle las gracias… y emprender en camino de bajada.
En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».
Evangelio Lucas 17, 7 – 10
La imagen es de pixabay en pexels
Deja una respuesta