Jesús propuso a quienes quisieron escucharle -y nos sigue proponiendo hoy a nosotros- que vivamos haciendo del amor nuestro estilo de vida. Nos propone vivir desde un profundo amor a Dios y a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Nos propone vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario.
Porque fuimos creados para amar y lo cierto es que, si no vivimos así, nuestra vida pierde su sentido.
Reprendía en muchas ocasiones a quienes le seguían, con el fin de enfrentarlos a sus comportamientos equivocados y ayudarlos a mejorar. Y así, cuando era necesario, les avisaba de los riesgos de aferrarse a las riquezas y poner el corazón en ellas, los invitaba a dejar de buscar los primeros puestos, los prevenía del error que es poner la ley por delante del interés de los hombres, los enfrentaba con las conductas hipócritas que tantas veces tenían o les hacía ver cómo en muchas ocasiones no daban un buen ejemplo.
Quienes le escuchaban con buena disposición aceptaban sus correcciones y quienes no tenían un corazón limpio se revolvían. Pero Jesús nunca dejó de decir las verdades aunque pudiera salir mal parado con ello, porque buscaba su bien.
Nosotros hoy, siglos después, estamos llamados a ser luz del mundo y a compartir el tesoro que nos ha sido regalado desde el Cielo.
Y, como Jesús entonces, también estamos llamados a decir las verdades aunque al otro no le guste oirlas y a nosotros tampoco nos resulte cómodo decirlas. Pero es nuestra obligación. Porque reprender es también una forma de amar. Y no decir nada o no hacer nada cuando vemos con claridad que alguien está yendo por un camino equivocado es una forma de cobardía muy grande. En el mundo lo vestimos de respeto, pero lo cierto es que no es eso: es cobardía. Es no mojarnos. Es mirar para otro lado. Es querer evitar enfrentamientos de los que podríamos salir mal parados.
¿Cuándo entenderemos que quedar bien con todos no es ni posible ni necesario? No lo hizo Jesús y no tenemos que hacerlo nosotros tampoco.
Debemos buscar, eso sí, el momento oportuno y la privacidad necesaria para hacerlo.
En sentido contrario, cuando seamos nosotros los reprendidos, conviene que nos guardemos en el bolsillo nuestro orgullo y nuestra soberbia y que aceptemos las reprimendas como el regalo de amor que son. Aprovechémoslas para mirar hacia adentro, reconocer como tales nuestras miserias y tratemos de reconducir esos comportamientos y actitudes que deberían ser diferentes, más del Cielo.
En aquel tiempo, llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».
Evangelio Lucas 13, 1 – 5
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Muchísimas gracias Marta, de nuevo eres el lápiz que utiliza Dios para enviar mensajes a sus hijos necesitados.
Hoy me has ayudado mucho.