Jesús invitó a los suyos en numerosas ocasiones -y nos sigue invitando a nosotros hoy- a que centremos nuestra vida en lo que de verdad importa, sin dejarnos enredar en las muchas propuestas que se nos ofrecen desde el mundo que, sin ser necesariamente malas, nos terminan distrayendo de lo que de verdad importa.
Nos avisa del peligro de poner el corazón en las riquezas de este mundo en lugar de poner nuestro tiempo, nuestras energías y nuestro corazón en acumular tesoros para el Cielo.
Nos invita a vivir dándonos a quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Y nos invita a vivir así porque, más allá de ser ese el único camino para dar a nuestra vida su verdadero sentido, será del amor de lo único que se nos pedirá cuentas al final de nuestros días para abrirnos las puertas del Cielo.
Y allí, ya sí, viviremos una vida plena, en la que no tendran cabida ni la enfermedad, ni las preocupaciones, ni la muerte. Será una vida en la que reinará el amor por toda la eternidad.
La Fe es un privilegio enorme en nuestro paso por este mundo, que nos ayuda enormemente a aceptar que todo tiene sentido, aunque muchas veces no podamos verlo aún.
También lo tienen los disgustos, los fracasos, las enfermedades y los muchísimos problemas con los que nos vemos obligados a convivir en nuestro día a día.
Todo tiene su porqué y todo tiene su para qué.
Cuando somos capaces de dar un paso atrás para tratar de mirar la vida con perspectiva, y vemos nuestra vida en este mundo como la parte pequeñita que es del conjunto de nuestra vida -la vida en este mundo más la vida eterna- todo se recoloca, todo se posiciona y, como por arte de magia, todo cobra otro color y otro sentido.
Nuestro paso por este mundo es necesario para que, haciendo uso de nuestra libertad, digamos que sí al Cielo. Pero la vida importante, la vida más larga, la vida definitiva, es la otra, la que tendremos después. Allí la Fe no será ya necesaria, porque la Fe es creer en lo que no se ve. Y allí viviremos viendo cara a cara a Dios y a todas las personas que aquí vivieron ocupándose de los demás. Porque Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.
Allí entenderemos, por fin, tantas cosas a las que ahora ni nuestra mirada, ni nuestra mente alcanzan a comprender pero que aceptamos, confiando en ese Dios que es, sobre todo, Padre.
La imagen es de Photoholiday en pixabay
Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven». Evangelio Lucas 20, 34 – 38
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