El domingo pasado recordábamos la Ascensión de Jesús al Cielo. Un momento muy especial en la vida de los apóstoles que, sin duda alguna, marcaba un cambio de etapa en sus vidas:
Hasta ahora ellos habían ido tras su Maestro. Había sido siempre Jesús quien había decidido los pasos que convenía ir dando para que su doctrina fuera calando en los corazones de todas aquellas gentes que se les acercaban como ovejas en busca de pastor. Era Jesús quien decidía dónde iban, a quiénes convenía predicar, cuándo convenía curar enfermos o cuándo convenía hacer milagros. Ellos, los apóstoles, habían sido sus ayudantes, sus incondicionales, sus amigos.
Tras la ascensión de Jesús al Cielo ellos tendrían que decidir dónde ir, a quiénes predicar o qué testimonio dar. Sabiendo que Jesús, de algún modo, seguiría yendo con ellos. Su Maestro se lo había prometido y ellos tenían la certeza de que así iba a ser. Y estaban alegres.
«Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo.
Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo.
Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.
Evangelio Lucas 24, 49 – 53
Antes de ascender al Cielo Jesús los animó a esperar hasta ser revestidos de la fuerza que viene de lo alto: los animó a esperar hasta la llegada del Espíritu Santo que recibirían en Pentecostés:
El Espíritu Santo estaba a punto de hacerles sentir la hondura de lo que habían vivido aquellos tres años de vida pública.
El Espíritu Santo estaba a punto de hacerles comprender el verdadero sentido de las escrituras y el verdadero sentido de las palabras de Jesús.
El Espíritu Santo estaba a punto de regalarles unos preciosísimos dones que iban a hacer evidente a quienes los conocieran que sus palabras y sus obras tenían el respaldo del Cielo.
Ese Espíritu Santo que en Pentecostés cambió radicalmente el entendimiento y la mirada de aquella primera comunidad cristiana es el mismo Espíritu que nos acompaña hoy a todos los que queremos hacer vida el Evangelio. A nosotros también nos da su luz. A nosotros también nos mueve el corazón. A nosotros también nos invita a mirar como a hermanos a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. A nosotros también nos une con unos lazos invisibles y poderosos, que nos hacen sentir parte de una divina misión que nos transciende y que da sentido a todo.
Nosotros, a pesar de nuestras muchísimas limitaciones, somos el relevo de aquella primera comunidad cristiana que supo vivir el Evangelio y extenderlo por el mundo. Es a eso a lo que nos llaman desde el Cielo cuando nos invitan a ser sal de la tierra y luz del mundo.
La imagen es de MIH83 en pixabay
Muchas gracias por tu dedicación y publicaciones tan acertadas