Estamos a punto de celebrar la solemnidad de Pentecostés, fiesta con la que terminaremos la Pascua y celebraremos la venida del Espíritu Santo y el inicio de las actividades de la Iglesia*.

Jesús, en la conversación que compartió con sus Apóstoles en la Última Cena, les había explicado que Él estaba ya a punto de dar la vida y de de irse con Dios Padre. En sus palabras de despedida, sin embargo, había también razones para la esperanza: aunque sentirían el vacío que les dejaría su marcha, recibirían al Espíritu Santo, quien les acompañaría ya durante el resto de su vida.

No entendieron los apóstoles la profundidad de lo que les decía su Maestro. Pero poco tiempo después sus palabras se hicieron realidad y recibieron al Espíritu Santo. Y el Espíritu les abrió la mente y el corazón y pasaron a comprender con claridad la profundidad del mensaje que les había dejado ese Jesús con el que habían convivido durante los tres últimos años de su vida y al que apenas habían atisbado a comprender.

Y gracias al Espíritu Santo entendieron también la misión que tenían por delante: extender el cristianismo por el mundo entero.

No miraron aquellos once apóstoles su falta de cultura, su falta de medios, su humanidad y sus limitaciones. Se supieron enviados a una misión divina y se vieron fortalecidos y transformados por los dones que el Espíritu Santo quiso regalarles. Y aquellos once apóstoles, pescadores de profesión en su mayoría, y tan cargados de limitaciones como cualquiera de nosotros, se llenaron de luz, se volvieron valientes y supieron cumplir con la misión que desde el Cielo les habían encomendado.

Nosotros hoy, siglos después, no hemos tenido el privilegio que tuvieron los apóstoles de poder convivir con Jesús. Pero sí que tenemos, como ellos, la posibilidad de recibir al Espíritu Santo y dejar que Él también transforme nuestro corazón, nos de su luz y vaya guiando las decisiones y los pasos que vamos dando en nuestra vida.

Y también podemos, como ellos, llevar el Evangelio a otros. Porque, a pesar de las muchas limitaciones que también nosotros tenemos, somos su relevo en esta querida Iglesia nuestra a la que pertenecemos todos los que nos tomarnos en serio a Jesús. Una Iglesia que debe ser lugar de acogida y lugar de encuentro para todos.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Juan 20, 19 – 23

*La entradilla de este post está inspirada en la definición de Pentecostés que aparece en wikipedia

La imagen es de kieutruongphoto en pixabay

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