«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida»

Evangelio Juan 8, 12

Porque no abundaba la bondad ni la generosidad entre los hombres y andábamos perdidos «como oveja sin pastor», en búsqueda de ese «algo» que no sabíamos demasiado bien qué era, vino Jesús al mundo a traernos luz. Y nos propuso una doctrina y un estilo de vida que cambiaría el rumbo de la historia para siempre.

Trajo un mensaje rompedor y absolutamente radical, invitándonos a vivir desde el amor. El amor a Dios y el amor a los hombres. A todos los hombres. Nos enseñó a vivir contracorriente, desde una generosidad total, buscando siempre el bien del otro, sin buscar nada a cambio. Nos hizo ver que no hay que vivir con miedo sino de forma valiente, teniendo siempre presente que tenemos un Dios que es Padre. Y nos mostró el camino para salir de la mediocridad y levantar, de verdad, el vuelo.

Hizo vida esa doctrina que predicaba. Y nos dejó con ella un testimonio con el que enseñaba a aquellos que le conocían -y nos enseña hoy a nosotros- que otro caminar es posible, que otra vida es posible, que otra actitud es posible, que otra mirada es posible.

Nos enseñó con sus palabras, y sobre todo con su actitud, con su disposición y con sus obras, que el estilo de vida que él nos propone es el único que dota a la vida de todo su sentido y el único que da la verdadera felicidad. Esa felicidad honda y duradera que parece como que se asentara en el fondo del alma.

Poseía la verdad plena. Y nos trajo la luz.

Y nos invita a todos nosotros a vivir de la misma manera que él lo hizo. En el país y en el momento histórico en el que hayamos nacido, con nuestras circunstancias personales, con los talentos que cada uno tengamos… pero de la misma manera: con una misma disposición del corazón.

Y nos promete que si así vivimos, no caminaremos en tinieblas y también nosotros tendremos luz.

Los cristianos -y quienes aspiramos a serlo- habitualmente no avanzamos en el camino del amor de una manera uniforme. A veces avanzamos a paso firme. En otras ocasiones nos quedamos estancados. Otras veces, en las que sucumbimos ante los espejismos del mundo, nos vence la tentación o sentimos tambalearse nuestra Fe, damos pasos hacia atrás.

Aprendemos a convivir así a lo largo de nuestra vida con con luces y con sombras e incluso con algo de tinieblas a veces. Y aprendemos también así a comprender a las personas que nos rodean y que pasan por procesos similares. Personas que, como nosotros, quieren llegar a vivir de verdad desde el amor y desde el servicio, pero tropiezan, exactamente igual que nosotros, con sus muchas limitaciones.

Cuando caemos nos toca levantarnos. Y también aprender. Y pedir perdón si el caso. Y volver a ponernos en camino.

Porque nosotros, como Jesús, también estamos llamados a ser luz del mundo. Estamos llamados a facilitar que otros, a través de nuestro testimonio, lleguen también a vivir desde el amor, lleguen también a Jesús y lleguen también a ese Dios que, sobre todo, es Padre.

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