Jesús tenía muy claro cuál era la voluntad del Padre. Sabía para qué, siendo Dios, había nacido de mujer, tan vulnerable como cualquiera de nosotros.

Tras 30 años llevando una vida sencilla, de familia, comenzaba su vida pública y con ella su predicación. Una predicación desde la que invitaba a todo aquel que quisiera escucharle a vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres. Un amor que habitualmente hay que vivir desde lo cotidiano; desde lo pequeño; sin música de fondo, ni alfombra roja ni fuegos artificiales.

Su primo Juan le había allanado el camino y había preparado los corazones de muchos de los que después iban a conocerle a Él. Y, así, Jesús pudo ir ganando rápido seguidores entre quienes se le acercaban y escuchaban su doctrina o presenciaban sus milagros.

Sabía el Maestro que con su llegada se cumplía aquello que había adelantado el profeta Isaías y asi lo confesó abiertamente en la sinagoga de Nazaret:

Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Evangelio Lucas 4, 14 – 21

Precisamente aquellos, sus vecinos de siempre, estaban a punto de rechazarlo. ¿Cómo iba a haber enviado Dios al hijo de María y José, a quien conocían desde niño? Aquellos vecinos de siempre de Jesús no habían sabido ver la sobrenaturalidad con la que había vivido sus primeros 30 años de vida de familia y tampoco veían lo mucho que le respaldaba el Padre ahora que había comenzado su vida pública.

Desde entonces hasta ahora esa Escritura se sigue cumpliendo cada día. Porque Jesús vive en el corazón de todos los que queremos hacer vida su Evangelio.

«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él»

Evangelio Juan 14, 23

Y es de nuestras manos de las que se valen desde el Cielo para cuidar hoy de los suyos. También se valen de nosotros para que su doctrina siga llegando a las gentes de este querido mundo nuestro que está tan estropeado. Por eso Jesús nos sigue invitando a ser sal de la tierra y luz del mundo.

Nosotros, como Jesús, es bueno que tratemos de entender cuál es la voluntad de Dios y cuál es el plan que tiene para nosotros.

Para que cumplamos ese plan, Dios nos ha dotado a cada uno de los talentos con los que nacimos. Talentos que tenemos la obligación de activar y poner al servicio de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. ¡Para eso nos los han regalado!

Vivamos agradecidos por la oportunidad que Dios nos da de pasar por este mundo haciendo equipo con Él. Es un gran honor que conlleva también una gran responsabilidad.

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