San Juan Bautista fue concebido cuando su madre, Isabel, prima de María, era ya mayor para la maternidad. Ese bebé que Dios regalaba a Zacarías y a Isabel estaba llamado a jugar un papel muy relevante en la historia del cristianismo y en la historia de la humanidad: estaba llamado a preceder a Jesús y a allanar su camino.

«Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías»

Evangelio Juan 1, 23

Jesús nacería pocos meses después que su primo Juan. Y saldría a predicar treinta años más tarde. Pero la doctrina que predicaría iba a ser tan sumamente disruptiva con la espiritualidad reinante, que resultaba conveniente preparar los corazones de quienes la iban a recibir.

Y a preparar sus corazones salió Juan. Ese Bautista que, con un estilo antiguo, ya traía un mensaje nuevo. Un mensaje que necesariamente le transmitían desde el Cielo, puesto que no lo había podido aprenderlo de nadie.

San Juan supo entender qué era lo que Dios quería de él. Era un hombre libre y como tal pudo elegir si cumplir el plan que sentía que Dios tenía preparado para él o no hacerlo. Pero eligió dejarse guiar por Dios. Y dejó su casa y se fue al desierto a predicar.

El mensaje que enseñaba Juan se asemejaba mucho al que después traería Jesús: ya ponía en el centro de su mensaje el amor al prójimo.

«El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo»

Evangelio Lucas 3, 11

Con sus palabras conquistó a los que andaban buscando la verdad. Y tuvo muchos seguidores. Seguidores a los que invitó a seguir después a Jesús en cuanto éste comenzó su vida pública y él comenzó su retirada.

También nosotros, siglos más tarde, podemos allanar el camino a Jesús, como entonces hizo Juan.

Vivimos en una sociedad en la que reina el consumismo, el egoísmo y un individualismo atroz, que parece que incluso se ha hecho aún más fuerte con esta pandemia que nos ha acostumbrado a vivir de puertas adentro de nuestra casas y a relacionarnos cada vez menos con otras personas.

El cristianismo no está de moda y Dios parece una reliquia del pasado: a uno y a otro los tenemos ahí, arrinconados, como se desechan los muebles viejos en un trastero.

Y así vemos a tantas personas buscando y buscando sin saber muy bien el qué. Porque el ser humano necesita la trascendencia. Sin espiritualidad y sin Dios no estamos completos: necesitamos dotar de sentido a nuestras vidas.

Los cristianos y quienes aspiramos a serlo debemos ser luz del mundo y dar testimonio. Como hizo Juan. Desde nuestra vida ordinaria. Sin fuegos artificiales. Y, en la medida en la que está en nuestra mano, ayudar a preparar los corazones de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Dios se hará el encontradizo y saldrá al encuentro de todos ellos. Será también Dios quien les regale su luz y el crecimiento a en el momento en el que resulte más conveniente.

La imagen es de stanvpetersen en pixabay

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