El término ambición solemos usarlo con una connotación negativa, para referirnos con él a personas que desean riquezas, fama, poder u honores que no tienen.*
Sin embargo, la ambición bien canalizada es algo bueno. Buenísimo. Porque puede conducirnos a desear una meta muy alta. Una meta que podemos incluso sentir como inalcanzable. Si el deseo de llegar a ella es de verdad poderoso, orientará nuestra vida, nos motivará para levantarnos cada mañana, y nos llevará a poner a su servicio nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestra dedicación y nuestra pasión.
Esa meta, para los cristianos -y para quienes aspiramos a serlo algún día- será acercarnos a Dios y ayudarle a construir su Reino. Un Reino que no llegará majestuosa y aparatosamente sino que será un fenómeno que ocurrirá en nuestro interior y que irá transfomando al conjunto de sus hijos en personas más del Cielo.
Nuestra transformación individual se dará en la medida en la que vayamos avanzando en ese camino del amor que todos estamos llamados a recorrer: un camino que nos lleva a ir mirando a quienes nos rodean con una mirada cada vez más limpia, más desinteresada, más empática, más comprensiva, más cercana, más misericordiosa, más generosa.
Esa transformación y esa nueva mirada se tendrán que traducir, necesariamente, en disposición al servicio y en obras. También se traducirá en un deseo grande de compartir nuestro tesoro con quienes nos rodean y hará que nos sintamos, en cierto modo, corresponsables de que así sea. Especialmente con quienes tenemos más cerquita.
Estos días estamos, precisamente, en el Adviento: un momento muy especial del año litúrgico, en el que se nos invita a la reflexión. Se nos invita a mirarnos a nosotros mismos y a que hagamos balance de nuestra vida.
Es tiempo de nacer de nuevo. Es tiempo de esperanza. Es tiempo de vivir desde un profundo agradecimiento por tanto como hemos recibido.
Este no será un Adviento más de nuestra vida. Cada Adviento es único porque las personas estamos en contínua evolución: y nuestras circunstancias de hoy no son las mismas que las que tuvimos hace un año ni las que tendremos dentro de un año, en el próximo Adviento. Nuestra reflexión de este año será única, como único será también lo que nos deje sentir Dios y lo que nos quiera regalar.
Tras ese balance -que nos llevará a querer sacar de nuestra vida lo que no debería estar en ella y a querer reforzar lo que está bien- llegarán, casi sin que nos demos cuenta, los buenos propósitos para el año que viene y los siguientes: será el momento de tener una mirada ambiciosa y plantearnos retos, de verdad, a lo grande. Sabemos que saltamos con red porque ese Dios que es, sobre todo, Padre, siempre nos llevará de la mano.
Ambicionad los carismas mayores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente. Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría. El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca
Primera carta de san pablo a los corintios 12, 31. 13, 8
La definición de la cabecera está sacada de la wikipedia.
La imagen es de Dinax en cathopic.
Querida Marta, cuando hablas de los cristianos en tus reflexiones, sueles meter la coletilla “… y para los que aspiramos a serlo …”.
Creo humildemente que uno es cristiano cuando crees en Jesús e intentas llevar una vida acorde con los valores que él nos ha enseñado. Otra cosa bien distinta es que el grado de cumplimiento de esa vida cristiana no sea el deseado y mucho menos el esperado, pero estoy convencido que Jesus nos tiene entre los miembros de su “club”, especialmente cuando ve que al menos nos esforzamos y que le pedimos constantemente ayuda para seguir mejorando.
Te conozco, y si tú no eres una buena cristiana, me pregunto qué posibilidades tenemos muchos otros de serlo.
No puedo estar más de acuerdo contigo; qué posibilidades tenemos muchos otros de serlo?