Cuando manda Jesús a los suyos delante de Él a anunciar su mensaje, los manda de dos en dos. Y les avisa de que los envía a predicar como corderos en medio de lobos.

Son muchas las ocasiones en las que Jesús advierte sobre cómo, en este mundo, buenos y malos vivimos mezclados, como mezclados están en los campos el trigo y la cizaña hasta el momento de la siega, en el que son separados.

Alrededor de los cristianos -y de quienes aspiramos a serlo- hay personas que, sin sumarse a nuestro carro, respetan nuestra Fe y nuestra forma de mirar el mundo. Pero hay otras a las que parece que les molesta nuestra simple existencia y buscan, sin disimulo, ridiculizar nuestros valores y nuestras creencias. Aún hay otras peores, que son las que sienten lo mismo y buscan lo mismo, pero con disimulo. Son lobos de los que debemos de saber cuidarnos.

Los cristianos de hoy, igual que los de entonces, debemos vivir, también, entre quienes no nos quieren bien, dando más testimonio con nuestra vida que con nuestras palabras:

Siempre al servicio de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. De todas ellas.

Siempre generosos con nuestros talentos, nuestros bienes, nuestro tiempo o nuestro perdón.

Siempre con una actitud alegre a pesar de los muchos problemas que se nos van presentando a lo largo de la vida. No es una alegría naif ni una alegría fingida de puertas afuera. Es un estado del alma que proviene de una vivida desde el servicio y de la Fe.

Eso sí, debemos ser «buenos como palomas pero astutos como serpientes». No quiere Jesús que nadie nos tome el pelo, como no le tomaron tampoco el pelo a Él durante los años que duró su vida pública: desde el Cielo lo que necesitan es que los hijos de Dios sean tan buenos como astutos, valientes y luchadores.

Sabemos bien que, antes o después, quienes queremos hacer vida el Evangelio nos sentiremos solos, nos sentiremos acorralados y nos cuestionarmos si de verdad merece la pena esta batalla. No nos faltarán las tentaciones.Tampoco la de pasarnos al otro lado, dejándonos arrastrar por la corriente.

Cuando eso llegue siempre podremos acudir a ese Dios que es, sobre todo, Padre, a pedirle la luz, la fortaleza, la perseverancia, la resistencia o la resiliencia que nos esté faltando. Siempre lo encontraremos ahí, en la retaguardia, listo para echanos un capote cuando nos haga falta.

Designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.»

Lucas 10, 1 – 6

La imagen es de SplitShire en pixabay

2 comentarios

  1. Cómo me viene de bien estas reflexiones semanales!!! Siempre tan claras, prácticas y sobretodo tan llenas de LUZ. Gracias Marta

  2. Sigo pensando que vienen muy bien las palabras de todas las semanas. Siempre se aprende algo. Muchas gracias Marta

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