Creo que muchas veces confundimos o mezclamos conceptos porque a nuestro vocabulario le faltan palabras o porque a las palabras de nuestro vocabulario les faltan matices. Esos matices que, con mucha frecuencia, marcan la diferencia. Es el caso, sin duda, de la alegría.

Cuando en nuestra sociedad nos referimos a la alegría normalmente hablamos de un sentimiento placentero que nos lleva a tener un buen estado de ánimo y que, incluso, nos hace sonreir o reir: un viaje deseado, una conversación agradable, poder pasar tiempo con alguien a quien queremos o admiramos, que se solucione un problema complicado o superar un reto difícil de conseguir.

También nos sentimos alegres cuando tenemos buenas perspectivas por delante y ya adelantamos el sentimiento de felicidad que las acompañará: un día de descanso, un plan apetecible, una oportunidad profesional o un sueño que sabemos que está a punto de hacerse realidad.

Esa alegría nos hace la vida más fácil y nos ayuda a tener arriba el ánimo y a enfrentar nuestro día a día con una mirada y una actitud optimistas. Y por eso la deseamos, la perseguimos y buscamos la manera de retenerla con nosotros cuando se presenta en nuestra puerta.

Siendo esa alegría una magnífica compañera de viaje, lo cierto es que es algo distinto de la alegría a la que somos llamados desde el Cielo:

La alegría a la que somos llamados desde el Cielo es consecuencia del compromiso. El compromiso con las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida, el compromiso con nuestra sociedad, nuestro mundo y nuestro planeta y el compromiso con el Evangelio. Un compromiso que, necesariamente, se ha de traducir en obras, se ha de traducir en servicio.

La alegría a la que somos llamados desde el Cielo es consecuencia de la Fe. Esa Fe que nos lleva a acercarnos a Dios como niños, sabedores de que Él todo lo puede y sabedores también de lo mucho que nos quiere. Es una alegría que viene de sentirnos queridos, relajados, seguros, cuidados, protegidos y con paz. Incluso cuando nos vemos rodeados de problemas o cuando las cosas no nos salen como a nosotros nos gustaría.

Frente a la sensación de bienestar pasajera que nos dejan las alegrías del mundo, la alegría que nos proponen desde el Cielo es un estado del alma, un sentimiento hondo, que forja el carácter y que es un pilar en el que asentar la vida.

Cierro este post con una cita preciosísima que bien podría haber sido de alguno de nuestros santos, pero que no lo es: se atribuye a Rabindranath Tagore:

Yo dormía y soñaba que la vida era alegría.

Me desperté y ví que la vida era servicio.

Serví y comprendí que el servicio era alegría.

La imagen es de Jill Wellington en pixabay

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