Todas las personas, incluso aquellas que parecen más fuertes, más independientes y más autónomas, necesitamos de los demás. Todas, sin excepción, necesitamos apoyo. Y todas, sin excepción, necesitamos también dar a los demás para sentir que la vida tiene sentido. No podemos vivir solos.

Somos vulnerables. Y todos pasamos etapas de debilidad.

A veces atravesamos etapas de debilidad espiritual, en la que nos asaltan las dudas y las tentaciones. Son etapas de oscuridad, de incertidumbre, de las que no tenemos demasiado claro ni cómo ni cuándo vamos a poder salir, porque cada una es distinta de las anteriores. Son períodos de los que habitualmente terminamos saliendo fortalecidos en la Fe, pero que pueden ser largos y difíciles.

Otras veces atravesamos etapas en las que nos dejamos engatusar por los espejismos y los valores del mundo y dejamos que nos envuelvan sus frivolidades, su espíritu de consumo, la despreocupación de los demás o ese vivir de puertas afuera proyectando una imagen que no siempre se ajusta a lo que de verdad vivimos.

En otras ocasiones dejamos que se adueñen de nuestro corazón miserias como la envidia, la soberbia o el egoísmo y se nos hace difícil sacarlas fuera dejando la puerta cerrada con llave.

También son muchas las veces que necesitamos ayuda. Ayuda para salir de un bache, ayuda para tomar decisiones, ayuda para darle un empujoncito a nuestra autoestima o ayuda para llevar el cansancio, el agobio, las decepciones, las preocupaciones o los disgustos.

Necesitamos también de los otros para salir de nuestro pequeño mundo, para inspirarnos, para ver más allá, para aprender, para crecer, para sacar lo mejor de nosotros mismos, para volar.

Se nos hace imprescindible andar acompañados por la vida. Siempre. En las etapas en las que las cosas no van del todo bien y necesitamos apoyo. Y también en las etapas en las que todo nos va bien.

Jesús, cuando invitó a sus apóstoles a extender su doctrina, no los mandó solos, para llegar a cuantos más sitios mejor, sino que los mandó por parejas, de dos en dos. Para que todos tuvieran siempre en quién apoyarse:

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Evangelio Marcos 6, 7 – 8

Es necesario ir por la vida acompañados. Desde luego. Pero es importantísimo que sepamos elegir muy bien las personas de las que nos hacemos acompañar.

Muchas de las personas que forman parte de nuestro vida no las podemos elegir: no elegimos a nuestros vecinos ni podemos elegir a nuestros compañeros de clase o a nuestros compañeros de trabajo. Y tenemos que aprender a convivir con ellos cada día, nos gusten o no, porque no nos queda otro remedio.

Hay otras personas -nuestra pareja o nuestros amigos- a los que sí que escogemos como compañeros de viaje, para que pasen a formar parte de nuestra vida ya para siempre. Con ellos compartimos camino, fatigas, confidencias, sueños o consejos. Es importante que sepamos escoger personas buenas, generosas, leales y en las que siempre podamos confiar.

La imagen es de congerdesign en pixabay

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.