A Dios podemos acudir en oración, o de una manera mucho más informal, más sobre la marcha, en un momento cualquiera del día o de la noche. Para darle gracias, para pedirle consejo, para pedirle perdón, para buscar algo de paz o, simplemente, para estar con Él. Otras veces es Él quien nos busca. Pero no siempre sabemos reconocerlo.

En ocasiones se hace el encontradizo con nosotros, como hiciera Jesús tiempo atrás con los discípulos de Emaús. Y se hace el encontradizo con nosotros para guiarnos, para enseñarnos, para darnos luz o para acercarnos de nuevo al Cielo si nos hemos despistado. Podemos reconocerlo porque, como a aquellos discípulos, sentimos que nos arde el corazón.

Otras veces lo sentimos en un deseo que se hace fuerte en nosotros y nos hace querer ser mejores y cambiar el mundo. Yo diría que son como «tirones» del Espíritu Santo queriéndonos despertar de ese letargo espiritual que tantas veces parece que nos invade.

También podemos reconocerlo cuando tomamos conciencia de lo muchísimo que hemos recibido, sin merecerlo. Y nos sabemos regalados, no por nuestros méritos, sino por el inmenso amor que Dios nos tiene. ¿Cómo no sentirnos profundamente agradecidos?

En ocasiones, vernos envueltos en la perfección de la naturaleza es lo que nos hace sentir la grandiosidad de ese Dios infinito que creó nuestro planeta y a nosotros cuidando hasta de los más mínimos detalles.

En otras ocasiones sabemos que Dios está ahí, cuando nos reconocemos a nosotros mismos esperando firmes contra toda esperanza. Adelantando un final feliz incluso a riesgo de parecer insensatos a los ojos del mundo.

Otras veces, sabemos que está con nosotros porque nos invade la seguridad de saber que estamos en lo cierto, o en el camino correcto. Y por mucho que quienes nos rodean quieran llevarnos por otro lado sabemos que no debemos ceder. Aunque nadie lo entienda. No es soberbia… se trata de Fe.

Sentir un estado sereno de paz, a pesar de los agobios, las prisas y los problemas que nos rodean, es también una señal clara de que andamos cerquita del Cielo.

Dios en ocasiones nos habla a través de personas cercanas que sabemos que desde el cariño que nos tienen nos hablan, nos aconsejan o nos acompañan.

Donde Dios siempre ha estado y siempre estará es en los más frágiles, en los más indefensos, en los más vulnerables: sus hijos más queridos.

Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”

Mateo 25, 37 – 40

Dios suele andar cerquita de nosotros. Deseando formar parte activa en nuestra vida. Pero es necesario que tengamos la disposición de querer verlo. Tanto en los momentos importantes como en esos pequeños grandes momentos que componen nuestra vida cotidiana.

La imagen es de Larisa-K en pixabay

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