Dios es el Amor. Es también infinito y todo lo puede. Sería fácil para Él, por tanto, intervenir en este querido mundo nuestro que está tan estropeado y cambiarlo de arriba a abajo de un plumazo. Pero no actúa así: busca nuestra colaboración y quiere que trabajemos en equipo con Él para que, juntos, hagamos de este mundo un lugar mejor.
Dios nos hizo libres y respeta nuestra libertad. Y nosotros, haciendo uso de esa libertad, podemos escoger hacer el mal o hacer el bien. También podemos escoger quedarnos en esa tierra de nadie de la tibieza en la que muchos de nosotros nos movemos asiduamente, tratando, sin éxito, de quedar bien tanto a los ojos del mundo como a los ojos de Dios. ¿Cuándo entenderemos que no podemos conformarnos con no hacer mal a nadie? ¿Cuándo entenderemos que la nuestra es una religión de máximos en la que se nos invita a una entrega total a Dios y a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida?
Quiere Dios que haciendo uso de esa libertad que todos tenemos escojamos decirle que sí. Quiere que queramos hacer nuestro el estilo de vida que nos enseñó Jesús. Con nuestras muchísimas limitaciones. Él las conoce mucho mejor que nosotros mismos y conoce bien también las miserias que cada uno llevamos en el corazón. Y a pesar de todo nos quiere como a hijos. Y quiere que seamos sus manos en la tierra. Él, que es, sobre todo, Padre, siempre pondrá lo que a nosotros nos falte.
Desde el Cielo nos invitan a darlo todo. Nos invitan a que pongamos todo lo que tenemos. Como invitó Jesús a los apóstoles a que pusieran sus cinco panes y dos peces para hacer el milagro de dar de comer pan y peces a más de 5.000 personas, sin contar mujeres y niños. Aquellos apóstoles pusieron todo lo que tenían y Él dió de comer a todas las gentes que habían acudido allí a escucharlo. Y aún sobraron 12 canastas. Porque desde el Cielo son así: siempre dan a manos llenas.
También requiere Dios de nuestra Fe para formar parte activa en nuestra vida e intervenir en ella. Como requería Jesús de la Fe para obrar los milagros que necesitaban las personas que se acercaban a él buscando la curación del cuerpo y del alma. ¿Por qué no acudir a Él, como niños que somos, para pedirle el consuelo, el apoyo, la luz, la sabiduría o las soluciones que tantas veces necesitamos?. Es cierto que desde el Cielo no siempre nos dan aquello que les pedimos y es cierto también que sus tiempos son distintos de los nuestros. Pero no es menos cierto que, aunque a veces pueda parecernos que Dios se ha olvidado de nosotros, Él siempre, siempre, siempre nos escucha.
Todos los que nos tomamos en serio a Jesús y a su Evangelio, todos los que hemos decidido dar ese «sí, quiero» a Dios y colaborar con Él en lo que disponga, conformamos esa comunidad diversa que es hoy nuestra Iglesia. Esa Iglesia que tiene sus luces y sus sombras, pero que es, sobre todo, espacio de acogida, hogar y lugar de encuentro para todos.
La imagen es de sweetlouise en pixabay
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