A muchos de nosotros nos gusta atender a los demás, ayudarles a solucionar sus problemas e incluso evitarles -en la medida en la que pueda estar en nuestra mano- que pasen momentos malos. Y muy especialmente cuando esos otros son nuestros hijos. ¿Cómo no hacer hasta lo imposible por protegerlos? Sin embargo, creo yo, lo mejor que podemos hacer por ellos no es solucionarles los problemas, sino facilitarles herramientas para que ellos mismos puedan hacerlo y para que puedan volar alto sin nuestro acompañamiento.

Ayudándoles a tener criterio y animándoles a que se cuestionen cada cosa que hagan. Porque vivimos en una sociedad que está bastante enferma. Y en nuestras ciudades reina un egoísmo atroz: cada uno va a lo suyo sin preocuparse ni mucho ni poco de lo que le pase al resto. Y tan extendida está esta forma de comportarnos, que la hemos aceptado como buena. Cuando es profundamente insolidaria y absolutamente incompatible con la propuesta que nos trajo Jesús. Por eso es importante ser crítico. Y por eso es importante que antes de tomar decisiones, nos preguntemos dos veces cuáles de las alternativas que tenemos por delante son aceptables y cuáles no lo son. Porque no es aceptable ese mirar para otro lado que se ha impuesto en el mundo ni ese individualismo que campa a sus anchas como si el otro no existiera; como si nosotros mismos tantísimas veces no necesitásemos de la ayuda y el apoyo de los demás. El criterio del cristiano tiene una lógica distinta de la lógica que se ha impuesto hoy en el mundo. Y es una lógica que ha de llevar, necesariamente, a vivir a contracorriente.

Enseñándoles a ser resilientes y a tener esa resistencia a la frustración que parece cada vez más difícil de encontrar, especialmente entre los más jóvenes. Habitualmente tendremos problemillas fáciles de resover pero, antes o después, todos tendremos problemas serios, de esos que harán tambalear nuestros cimientos. Tener preocupaciones, caidas, desamores, fracasos, estrés o etapas de incertidumbre, forma parte de la vida. No debemos aspirar a no tenerlos sino, más bien, a saber cómo enfrentarlos y cómo aprovecharlos para aprender, coger impulso y llegar más lejos.

Inculcándoles una cultura del esfuerzo. Vivimos en una sociedad en la que el esfuerzo no está ya de moda: el espíritu de sacrificio, el tesón, el arriesgarnos por lo que de verdad merece la pena, el levantarnos con más ganas cuando volvemos a caer o la perseverancia, definitivamente no son actitudes al alza. En nuestra sociedad – al menos en la sociedad occidental – más bien buscamos nuestra comodidad por encima de todo y en esa búsqueda de la comodidad, casi sin darnos cuenta, educamos a nuestros hijos, a quienes podemos terminar convirtiendo en unos señoritos que simplemente aspiren a vivir en su zona de confort.

Enseñándoles a comprender que el bien común es más importante que nuestro bien particular.

Animándolos a apoyarse siempre en Dios. Cuando las cosas van bien y cuando no lo van tanto. Es lo único que es estable y lo único que sabemos que siempre, siempre, siempre, tendremos con nosotros. Aunque a veces nos parezca que no nos escucha, que permanece en silencio o que ha desaparecido de nuestra vida. Él siempre está ahí y siempre lo estará. En la retaguardia. Queriéndonos con un amor tan infinito y tan incondicional como inmerecido. Afortunadamente no nos quiere por nuestros méritos, sino porque es, sobre todo, Padre.

La imagen es de angelicavaihel en pixabay

3 comentarios

  1. Me a encantado ,Marta, esto es mejor que asistir a la escuela de padres ,la verdad es que todo lo que necesitemos en nuestro día a día lo tenemos en el evangelio solo hay que saber buscarlo, gracias por encontrarlo

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