A lo largo de su vida pública Jesús enseñó a sus discípulos – y nos enseña hoy a nosotros – una y otra vez, con sus palabras y con sus obras, que el cristianismo es amor. Y que el amor ha de traducirse, necesariamente, en servicio.

Cuando, ya al final de su vida, San Juan Bautista fue encarcelado por el rey Herodes, quiso quedarse tranquilo asegurándose que Jesús era «el que tenía que venir» y envió a sus discípulos a comprobarlo. Jesús invitó a los discípulos de Juan a pasar un tiempo con él, tras el cual les indicó:


Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados.

Evangelio Lucas 7, 22 – 23

El autorretrato que hizo Jesús de sí mismo es el de un hombre que pasa la vida al servicio de los demás.

Y es así como invitó a sus discípulos a vivir y como nos invita a vivir también a nosotros. Porque el cristianismo ha de traducirse en un estilo de vida en el que, como Jesús, vivamos para los demás.


En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros

Evangelio Juan 13, 35

Cada uno en las circunstancias que tenga. Lo mismo da que uno sea un religioso, que un padre de familia, que un soltero, que un director general, que un bombero, que un estudiante, que un abogado del estado o que un conductor de autobús. Lo mismo da. Todos, cada uno con las circunstancias que tenemos, y cada uno con los talentos que nos acompañan, somos invitados a vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres.

La disposición al servicio lo cierto es que no solemos tenerla de manera espontánea: hemos de querer tenerla y requiere de un esfuerzo. Y es una carrera de fondo, en la que poco a poco vamos avanzando a lo largo de nuestra vida; habitualmente empezaremos por lo más próximo y mas sencillo, e iremos superando etapas hasta que lleguemos a ese «amar a nuestros enemigos», que en las primeras etapas resulta, a todas luces, imposible.

Pero vivimos en una sociedad en la que el esfuerzo no está ya de moda: cultivar el espíritu de sacrificio, el tesón, el arriesgarnos por lo que de verdad merece la pena, el levantarnos con más ganas cuando volvemos a caer, la perseverancia, el aprender de nuestros errores o el hacernos cada vez más resistentes a la frustración, definitivamente no son actitudes al alza. En nuestra sociedad – al menos en la sociedad occidental – más bien buscamos nuestra comodidad por encima de todo y en esa búsqueda de la comodidad educamos a nuestros hijos, quienes aprenden del ejemplo que les damos y a quienes, sin quererlo, terminamos convirtiendo en unos señoritos que también querrán vivir acomodados. Porque podemos contarles todas las teorías que queramos, pero de lo que más aprenderán será de lo que vean en nosotros.

Jesús advirtió a los suyos :


Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos

Evangelio Mateo 7, 13 – 14

Y si les advirtió es porque ya entonces, igual que ahora, era fácil dejarse llevar por las costumbres del mundo, que más bien nos arrastran a que vivamos de una manera egoísta, en la que cada uno va a lo suyo, tratando de pasarlo lo mejor posible, mirando para otro lado siempre que aparezca algo que pueda hacer peligrar nuestro bienestar.

Al final de nuestros días no se nos juzgará por lo que nos hayamos esforzado en la vida. No. Se nos juzgará tan solo por el amor que hayamos sido capaces de regalar en el camino de nuestra vida. Pero no hay amor sin servicio ni servicio sin renuncia, sin esfuerzo y sin sacrificio.

Tampoco, creo yo, debemos caer en la tentación contraria y ponernos a hacer, hacer, hacer hasta quedar tan exhaustos que nos rompamos y nos encontremos un buen día con que ya no estamos disponibles para nadie. Dios tampoco quiere eso. Debemos tratar de hacer equipo con Él y dejar que sea su Espíritu el que guíe nuestros pasos: estando permanentemente atentos a las necesidades de los demás, estando dispuestos a renunciar a nuestra comodidad siempre que haga falta, teniendo la disposición al servicio siempre y disfrutando del descanso cuando sea menester.

La imagen es de varunsingh 180000 en pixabay

2 comentarios

  1. Los evangelios contienen muchas frases desconcertantes. Por ejemplo ésta que hoy cita Marta: …»y los pobres son evangelizados». ¿Es posible que hasta la llegada de Jesús no fuera así? Esos pobres sí que lo eran de verdad en todos los sentidos.

  2. El refranero español redunda en esta idea de estrecha puesto y angosto el camin, «todo lo bello y bueno cuesta» y añadiría por mi propia experiencia ¡y merecen la pena!
    Pocas cosas que valen la pena son fáciles de conseguir.

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