En el mundo en el que vivimos, es muy común que las personas andemos siempre presumiendo de nuestros logros o nuestros méritos, buscando la admiración de los demás. Como también es habitual entre nosotros que compitamos con quienes nos rodean para conseguir figurar en los primeros puestos buscando el reconocimiento social. En este contexto nuestro, la discreción resulta ser una virtud escasa y valiosa, que facilita enormemente la convivencia y las relaciones personales tanto en los entornos laborales, como en los domésticos o familiares.

No es la discreción la principal aspiración que debemos de tener quienes queremos hacer vida el Evangelio. Nuestra principal aspiración ha de ser la de vivir, tal y como nos enseñó Jesús, haciendo del amor nuestro estilo de vida.

Pero no es menos cierto que la discreción ayuda -y mucho- a vivir desde el amor:

La persona discreta sabe ser cautelosa y callar cuando conviene. De una manera prudente, sin cruzar nunca esa fina frontera que separa la prudencia de la cobardía. Porque en el caso de la persona discreta, el callar no se debe a falta de valentía sino a falta de oportunidad: ella tiene luz para saber en qué ocasiones conviene hablar y en cuáles conviene callar.

Sabe también ser reservada, muy especialmente con los asuntos de los demás. Resulta por ello ser una persona confiable y una confidente ideal con la que compartir una preocupación, un problema o a la que confiar un secreto. Porque no serán nunca compartidos, ni medio compartidos, con otros.

Sabe actuar y hablar con tacto, desde la cercanía, sin superioridad moral, haciendo siempre sentir cómodo al otro.

Suele ser sensata. Y sabe esperar hasta formarse un juicio fundamentado sobre las personas y las situaciones.

No busca figurar, ni estar en los primeros puestos. No rehúye la primera fila cuando le corresponde, pero ocupa con mucho gusto la segunda o la tercera, facilitando el que sean otros los que brillen, siempre que lo tengan merecido.

No habla habitualmente de sí misma, ni de sus virtudes ni de sus méritos frente a terceros. Aunque es consciente de ellos y de su valor, se siente más cómoda haciendo visibles las virtudes y los méritos de los demás.

No tiene prisa y sabe esperar hasta que llega el momento oportuno para actuar.

Un modelo de discreción lo tenemos en San José. Hombre de Fe, creyó al ángel que le invitó a aceptar a María en estado como esposa y cuidó de ella y del niño que traía en su vientre para siempre: los protegió de Herodes llevándoselos a Egipto, los trajo de vuelta a casa cuando el peligro ya había desaparecido y los cuidó y los sacó adelante mientras vivió. Facilitó que se cumplieran los planes de Dios en su familia desde la retaguardia, en la sombra. Sabiendo jugar, desde la discreción, un papel clave en la vida de Jesús y María y también en la historia de la humanidad.

Nosotros podemos, como San José, demostrar que otra forma de ir por la vida es posible. Un estilo de vida y una actitud con la que se puede llegar tan lejos como nos lo permitan nuestros sueños, que facilita ser profundamente feliz y hacer felices a los que nos rodean.

La imagen es de Hans en pixabay

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