Que la vida da muchas vueltas es algo de todos conocido. ¿Quién no ha sentido en primera persona lo fácil que es que una vida estable de repente se desequilibre? Con tan solo un cambio en algo importante, nuestro pequeño mundo se puede desmoronar sin más. Un día las cosas van bien en casa y al día siguiente está todo manga por hombro porque un miembro de la familia ha sido ingresado en el hospital. O un día nos va bien en el trabajo y al día siguiente nos sentimos casi en la puerta de salida porque nos cambian de jefe o se anuncia una fusión.

Son, muchas veces, episodios imprevisibles, que generan tempestades que nos hacen tomar conciencia de que realmente no tenemos la vida controlada. Episodios que a muchos de nosotros nos hacen entrar en pánico.

Ante estas situaciones no podemos mirar para otro lado, porque no es posible. Tampoco podemos esperar a que venga otro a solucionarnos la papeleta, porque normalmente eso no ocurrirá. La única reacción sensata, creo yo, es remangarse, trabajar y hacer todo lo que esté en nuestra mano para tratar de solucionar el problema.

Es momento también de buscar a ese Dios que todo lo puede y que es, sobre todo, Padre, para pedirle ayuda. Es momento de confiar en que todo se terminará resolviendo de manera favorable. Es momento de esperar, incluso contra toda esperanza. Es momento, incluso, de dar las gracias al Cielo por adelantado por ese final que esperamos será feliz.

Aquel día, al atardecer, les dice Jesús a los discípulos: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».

Evangelio Marcos 4, 35 – 41

Esa barca zarandeada por las olas representa la vida de cualquiera de nosotros, cuando las cosas se nos ponen difíciles y sentimos miedo.

Esa barca zarandeada por las olas puede representar también a esta querida Iglesia nuestra, diversa, en la que tenemos cabida todos los que nos tomamos en serio a Jesús y a su Evangelio. Una Iglesia que tiene sus luces y sus sombras. Una Iglesia habitualmente en el punto de mira de muchos que querrían acabar con ella.

Jesús invitó entonces a sus discípulos -y nos invita también hoy a todos nosotros- a vivir sin miedo. El miedo nos impide crecer, nos empequeñece, nos impide que saquemos todo nuestro potencial, nos hace querer evitar riesgos a costa de cualquier cosa y nos impide ser capaces de aprovechar todas las oportunidades que la vida nos pone por delante. ¿En qué clase de personas nos convertimos si vivimos con miedo? y ¿en qué clase de cristianos? Para ser cristiano hoy  –y así ha sido siempre– hace falta valentía para ir contra corriente, hace falta despreocuparse de uno mismo y hace falta tener muchas ganas de cambiar el mundo: debemos sacar el máximo partido a todos los talentos que Dios nos ha regalado –cada uno los que tenga y que en unos casos serán cinco, en otros dos y otros uno– y convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. ¿Qué vamos a conseguir si, asustadicos, nos quedamos en un rincón?

Vivamos desde la Fe. Seguros de que desde el Cielo siempre nos dan. Incluso cuando parece que no nos atienden o que ni siquiera nos escuchan. Dios siempre está ahí, en la retaguardia. Aunque muchas veces no sepamos verlo.

La imagen es de lena khrupina en pexels

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