La amabilidad es una cualidad que, como ocurre con la buena educación, parece que cada vez es más escasa entre nosotros. Quizás es porque muchos vamos por la vida tan centrados en nosotros mismos y en nuestro pequeño universo, que casi ni vemos a quienes se sientan a nuestro lado en el autobús, a quienes nos sirven un desayuno en una cafetería, a quienes nos atienden en las tiendas o a quienes se cruzan con nosotros en la oficina.

La prisa con la que habitualmente nos movemos no ayuda tampoco, precisamente, a que veamos al otro y a que busquemos la ocasión de desearle sinceramente que pase un buen día de o de escucharlo, o de ponernos a su disposición para lo que pueda necesitar.

Pero es importante que le demos a la amabilidad el valor que realmente tiene y que tratemos de recuperarla para nuestra propia vida y también para el mundo en el que vivimos, que pasaría, de su mano, a ser mucho más cálido y mucho más habitable.

La amabilidad es una actitud vital. Quien es amable lo es habitualmente, todos los días. Y quien es de verdad amable lo es con todo el mundo y no sólo con aquellas personas con las que tiene interés en quedar bien o con aquellas personas de las que espera sacar algo a cambio.

Y es una cualidad de la persona que contribuye enormemente a vivir con el estilo de vida que predicó Jesús y que quedó recogido para nosotros en el Evangelio.

La persona amable huye de la indiferencia frente al otro, lo que resulta algo singular en la sociedad en la que vivimos, en la que se ha impuesto como regla no escrita que todo el mundo vaya a lo suyo.

La persona amable es respetuosa. No invade, no avasalla, no molesta.

La persona amable es empática, sensible, resulta cercana, atenta. Se aproxima al otro posicionándose en un mismo nivel y tratando sinceramente de entender sus porqués.

La persona amable tiene mucho de generosa, de altruista. Porque mantiene esa actitud abierta a la escucha y también a dar incluso a las personas a las que ni siquiera conoce, tendiendo un puente hacia el otro, que éste puede, si quiere, cruzar.

Aunque pueda parecer una cualidad poco relevante, lo cierto es que la amabilidad tiene un gran poder transformador. Por eso en torno a una persona amable se genera bienestar.

¿Acaso no hemos comprobado todos cómo las personas amables hacen fácil la convivencia en los entornos domésticos y también consiguen hacerla agradable en entornos no tan íntimos, como pueden ser los académicos o los entornos laborales?

Es la amabilidad una cualidad que contribuye directamente a que la persona sea esa «sal de la tierra» a la que tanto nos invitó Jesús.

«Vosotros sois la sal de la tierra«

Evangelio Mateo 5, 13

Tiene además la amabilidad una virtud y es que influye muy positivamente en la persona que tiene esa actitud vital. ¿Quién no ha experimentado el bienestar que produce en uno mismo ser amable con los otros?

Este es buen momento para mirar hacia adentro y tratar de valorar, sinceramente, cómo andamos con esto de la amabildiad. Siempre estamos a tiempo para empezar a serlo.

La imagen es de congerdesign en pixabay

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