La buena educación parece que es algo cada vez menos frecuente entre nosotros. Algunos sentimos que se hace necesario rescatarla y aspirar a que vuelva a formar parte de nuestra vida, de nuestra convivencia, de nuestra cultura. Y que sea la brújula que guíe nuestras palabras, nuestros silencios o nuestros gestos; porque esas formas condicionan enormemente las relaciones que establecemos con los otros y muy especialmente con aquellos que forman parte de nuestra vida cotidiana.
Cuando nos referimos a la buena educación no hablamos de conocimientos en una determinada materia, no hablamos de instituciones en las que hemos estudiado, no hablamos de curriulum vitae. Tampoco hablamos de estatus social. Cuando nos referimos a la buena educación hablamos de comportamiento, hablamos de actitud.
Es algo que es deseable que esté presente en todos los órdenes de la vida y que vaya con nosotros 24 horas al día y 7 días a la semana. Tanto si somos niños como si somos adultos.
Hay normas de buena educación que no son universales, que evolucionan con el paso del tiempo o que no se entienden de la misma manera en los distintos países o en las distintas culturas. Sin embargo, creo yo, la buena educación tiene una base que sí que es universal:
La buena educación va de respeto al otro
Un respeto que empieza por escucharlo, por tratar de entender sus porqués, por tratar de ponernos en su piel. Porque sus problemas o sus preocupaciones -aunque a nosotros en un momento dado nos puedan parecer irrelevantes- son importantes para él.
Respeto, también, a su espacio, a sus tiempos y a sus silencios.
Respeto a lo que piensa, a lo que dice y a cómo lo dice.
Respeto a las confidencias que pueda habernos hecho en un momento dado.
Un respeto al otro que es necesario mostrar tanto si estamos con él mano a mano como si estamos en ese mundo digital que tanto favorece que, desde el anonimato, nos convirtamos en inquisidores de lo que hacen los demás y a que hagamos valoraciones sobre ellos, sin tener en muchas ocasiones información suficiente para juzgar desde el rigor.
La buena educación va de facilitar la convivencia
Va de llamar al otro por su nombre, de pedirle las cosas por favor, de darle las gracias.
Estando pendientes de él. Desde las pequeñas grandes cosas del día a día. Desde los detalles.
Va de interactuar con el otro desde la paciencia, desde la cercanía, desde la amabilidad, desde la sonrisa, desde los gestos de cariño, evitando los gritos y los insultos, que suelen hacernos entrar en una espiral de la que se hace cada vez más difícil salir.
La buena educación, en realidad, va de cuidar al otro
Posiblemente lo más sencillo, lo más claro y lo más intuitivo es que nos esforcemos en tratar al otro de la misma manera en la que nos gustaría que él nos tratara.
«Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esta es la Ley y los Profetas»
Evangelio Mateo 7, 12
Esta propuesta de Jesús engloba todo lo demás. Sólo con ella, basta.
La imagen es de Geralt en pixabay
Evidentemente, la buena educación, o simplemente la educación, está en la base de todo lo que hacemos, y cada día parece que escasea más. También tenemos que ser educados con nosotros mismos.